Biografía

Ensayo Biográfico Max Sorto Batres

Paisaje ambiental

Iglesia de Olanchito 1939

Transcurría el año de 1916. Una distancia que se alarga en la cinta del tiempo. Olanchito es apenas un villorrio, con pretensiones de municipio y hoy en día con pretensiones de ciudad. Alcalde en esa época era el ciudadano don Enrique Posas, persona honorable entendida en preparar medicamentos y atender enfermos, pues escaseaban los médicos. Se recuerda únicamente al doctor Eduardo A. Gross, de nacionalidad alemana, casado con la señora Gertrudis Reyes, hermana del profesor Donaciano Reyes Posas.

El doctor Gross vivió en la casa de doña Joaquina viuda de Soto, frente al parque Morazán; allí tenía su consultorio y una pequeña farmacia. Después se instaló otro puesto de medicinas que luego se convertiría en la que hoy conocemos como Farmacia Honduras, propiedad del Dr. Jaime Ramírez Quesada. Los medicamentos, envasados en botellas, los preparaban los boticarios.

Y, ¿qué decir de las construcciones de la época? Las casas en su mayoría eran de bahareque y de adobes, con techumbre de teja rojiza, cubierta de musgos. Para las techumbres empleaban caña brava, que traían de Aguán y amarraban con correas o bejucos. Algunas casas tenían corredores amplios y empedrados, sostenidos con horcones de guayacán o jamacuao.

Para esa fecha, se carecía de agua potable. No habían tren de asco, ni alcantarillado ni luz eléctrica. La gente se alumbraba con lámparas de gas, lo hacía la gente pudiente, así llamaban a las personas que gozaban de ciertas comodidades; las menos favorecidas usaban candelas y candiles, fabricados estos últimos por el señor Julián Pérez; y la muy pobre tenía que ir al cerro a buscar rajas de ocote o manguíos, que arrastraban los ríos en las crecientes.

El agua para usos domésticos se acarreaba en botas que transportaban en burros. Por lo común lo hacían las mujeres en vasijas de barro, de preferencia tinajas o en latas Una lata de agua, para la venta, costaba un medio o sea seis centavos, la mitad de un real. Era costumbre llamar así a estas fracciones de dinero.

Artículos comestibles y de vestuario eran muy escasos, eran traídos de La Ceiba y de Trujillo, a lomo de mula. El tren no había llegado todavía a Olanchito.

La vida social era muy reducida. Habían pocas diversiones. Apenas uno que otro baile, con música de cuerda, acordeón o victrola (los tocadiscos de hoy). Con el tiempo llegó una marimba, traída por unos paceños. Las muchachas se quitaban prestadas para los bailes, y se hacían acompañar por las madres o personas mayores y de respeto. No circulaban invitaciones en cartulina, se hacían personalmente. El cine no se conocía, y como espectáculo llegó mucho después por iniciativa de don Mauricio Ramírez.

Cigarrillos de la época eran el King Bee y el Búfalo y bebidas favoritas la Cerveza Ulúa, el Ron Bacardí y el aguardiente San Isidro, que fabricaban don Joaquín Quesada. Habían refrescos y muy buenos. Los periódicos poco se conocían y llegaban muy retrasados. Eran leídos únicamente por las personas importantes, por los notables del pueblo.

Un periódico era una curiosidad y circulaba quitándolo prestado; y aunque fuera un periódico muy viejo y amarillento para los parroquianos constituía una novedad.

Los muebles se reducían a mesas sencillas, taburetes, que eran una sillas forradas con cuero También se usaban bancas y banquetas. Muebles finos y acabados eran muy escasos. No habían ebanistas y los carpinteros no disponían de mayores herramientas ni de técnicas avanzadas.

El café, el chocolate y atole de plátano, lo endulzaban con panela, conocida ambientalmente por rapadura. El azúcar era escasa.

En el centro del pueblo había una plaza, cubierta de grama y malva. Con el tiempo se convirtió en el primer campo de fútbol. En esta plaza sobresalían el Cabildo y la Iglesia, construcciones que tienen más de una centuria de existencia. La Iglesia fue construida en 1774, sus paredes son anchas y el cielo raso y algunos altares, acusan influencia colonial.

En la estrechez de este marco, de este paisaje ambiental, vino al mundo Ramón Amaya Amador. A continuación la certificación de su partida de nacimiento: “El Infrascrito Registrador Civil Municipal de la ciudad de Olanchito, Depar­tamento de Yoro, CERTIFICA: Que a Folio 91, Tomo 16, Original de Nacimientos que esta Secretaría llevó durante el año de 1916. se encuentra el asiento que dice: PARTIDA No.00045. PEDRO RAMON AMAYA. En Olanchito, a las tres de la tarde de¡ jueves cuatro de mayo de mil novecientos diez y seis. Ante mi Gonzalo Posas, Secretario Municipal de esta ciudad y ante los testigos Andrés Bardales, de treinta y ocho años de edad, labrador y Salomón Moya de veinte y dos años, escribiente; ambos solteros, naturales y vecinos de este lugar. Compareció Policarpo Sosa, de cincuenta y ocho años de edad, casado, labrador, hondureño y de este vecindario. DANDO CUENTA: que el sábado veinte y nueve de abril recién pasado, a las cinco de la mañana y en casa de Felipa Amaya, sita frente a la plaza de esta ciudad, nació un varón a quien se le puso por nombre PEDRO RAMON. Que es hijo natural de Isabel Amaya, costurera, hondureña y vecina de este lugar. Es abuela materna natural de¡ recién nacido Felipa Amaya, panadera, natural y vecina de este lugar. El declarante leyó lo escrito y encontrándolo conforme con su dicho lo ratificó y firmó conmigo y testigos. Policarpo Sosa. Andrés Bardales, Salomón Moya. Sello. G. Posas. Srio. Es conforme con su original. Extendida en la ciudad de Olanchito, a los cinco días del mes de julio de mil novecientos ochenta y cuatro.

Afirma uno de sus comentaristas, que Amaya Amador fue el producto de los amores clandestinos del sacerdote Guillermo R. Amador y de María Isabel Amaya. Por algo Moncho no simpatizaba mucho con los curas.

Familiares de Ramón Amaya Amador

Tíos: Juan Rivera Amador, Manuel Rivera Amador y Alfonso Rivera Amador.

Hermanos: Antonio Zavala Amador (fallecido), Francisca Zavala Amador de Flores (fallecida), Rita Aurora Zavala de Cano (fallecida), Isolina Zavala Amador y Lic. Arnulfo Carrasco Amador, que sobreviven.

Esposa de Ramón Amaya Amador: Arminda Funes de Amaya Amador, de nacionalidad argentina. Hijos de este matrimonio Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla. y Aixa Ixchel Amaya Funes

Esposo de Francisca Zavala Amador de Flores: Celedonio Flores. Hijos de este matrimonio: Silvia Flores Zavala, Concepción Flores Zavala de Hernández, Jaime Flores Zavala y Zoila Flores Zavala (fallecida).

Esposa de Rita Aurora Zavala de Cano: Lorenzo Daniel Cano Rodríguez. Hijos de este matrimonio; Estelita Mirtila Cano Zavala, Marco Tulio Cano Zavala (fallecido), Elida Juventina Cano Zavala, Emma Beatriz Cano Zavala de Zelaya, América Estela Cano de Espinal y Odesa Aurora Cano Zavala.

Esposa del lic. Arnulfo Carrasco Amador: Martha Petrona Zúniga de Carrasco. Hijos de este matrimonio. Gustavo Adolfo Carrasco Zúniga (fallecido), Héctor David Carrasco Zúniga (fallecido), Ramón Arnulfo Carrasco Zimiga, Oscar Enrique Carrasco Zúniga y Lourdes Elena Carrasco Zúniga.

La casita de Ramón

Allí, en la esquina que actualmente ocupa el Salón Astoria, frente a la plaza pública de antaño, hoy parque Francisco Morazán, estaba la casita de Ramón, antes propiedad de su amantísima madre doña Isabel Amaya.

Era una casa pequeña y baja, de horcones y corredor empedrado, techo de teja y piso enladrillado. Lucía muy blanquita para los 15 de septiembre. Abundaban en el patio árboles frutales como guayabas peruleras, nances, zapotillos, limas, naranjas y muchas flores.

La casita de Ramón era sencilla, humilde y fresca y muy acogedora en ella se respiraba un clima de tranquilidad. Era muy visitada por todas las clases sociales.

En este sitio, que ocupara la casita de Ramón y para conocimiento de propios y extraños, hay una placa conmemorativa, que dice: AQUI NACIO AMAYA AMADOR ‑ UNOS AMIGOS.

El cuarto brujo

Mesa de trabajo en el cuarto brujo

En la casita de Ramón había un cuarto pequeño, con una puerta mirando a la sala y una ventana hacia la calle. Era el cuarto y sala de estudio de Amaya Amador. Era el famoso “Cuarto brujo”, donde Moncho se encerraba y pasaba horas enteras, especialmente por la noche hasta el amanecer, entregado a la lectura o bien preparando borradores de novelas y otros escritos.

Sus familiares conservan la mesa que le sirvió de escritorio y en la aldea de San José, una familia de apellido Sandoval (Aurora), guarda la cama donde dormía.

Doña Chabelita Amaya

Fue una persona muy estimada por la sociedad de Olanchito. De trato amable, vivía entregada a la costura y floristería que alternaba con la lectura y quehaceres domésticos. Se le recuerda especialmente porque era la encargada de preparar las famosas “Veladas” que servían de deleite a la sociedad.

En su casa se reunían grupos de jóvenes para hacer los ensayos y preparar el material necesario para las presentaciones. Eran asesorados por el profesor Joaquín Reyes Tejeda y don Joaquín R. Funes, originario de La Paz. Ellos, los participantes, construían el tablado, frente a la casa de Chabelita, con telones que cubrían los costados, dejando el telón de boca frente a la plaza, para presenciar los actos, telón que abrían y cerraban con la presteza al sonar un gorgorito. Todo mundo acudía a estas “Veladas” y muchas personas, para ubicarse bien, cargaban con sus propios asientos. Y como el cinematógrafo no se conocía, las “Veladas” eran exitosas y completamente gratis.

Por estos escenarios pasaron personas muy conocidas y estimadas, como Mercedes Cano, Eva Navarro, Lolita Caballero, Blanca Amalia Sánchez, Alicia Ramos de Orellana, Araminta Ramos, David Antúnez, Antonio Herrera Soto, Lucas Soto Cano, Juan Almendárez, Joaquín Villagra, Lucas Vargas, Héctor Martínez Caballero, Tomás y Luis Alonso Miranda, Crescencio Arteaga, Antonio Sárchez, Amilcar Lozano, Saturnino Rodríguez, Antonio Villanueva, Rodrigo Martínez y otros.

Otra actividad de doña Chabelita fue la de presentar los Pastorelas del Padre Reyes, para la Navidad y 20 de enero, Día de San Sebastián, Patrono del Caserío de Agalteca. Con estas promociones de carácter teatral, doña Chabelita Amaya contribuyó al fomento del arte y la cultura entre los olanchitos.

Algunos datos personales

Amaya Amador hizo sus estudios primarios en la escuela “Modesto Chacón” que fundara don Terencio T. Reyes, siendo alcalde en 1918, iniciando estudios secundarios en el Instituto Manuel Bonilla de la ciudad puerto de La Ceiba, los que interrumpió por razones económicas. Trabajó como maestro empírico en algunas escuelas del municipio y en la propia escuela “Modesto Chacón”.

Desde muy joven dio muestras de su inquietud literaria, entregándose a la lectura de libros que adquiría en bibliotecas o le proporcionaban los amigos. Y comprendiendo que no había nacido para ser maestro, tomó la resolución de incorporarse a la legión de los proletarios, internándose en los campos bananeros de la Standar, trabajando como peón en Palo Verde y Coyoles Central, regando veneno en las fincas, trabajo que consistía en rociar las matas de guineo con un líquido que llamaban Caldo Bordelés, que es una solución a base de sulfato de cobre que destruía a la Sigatoka, pero que también era muy dañino para el cuerpo humano. Sus vivencias en estos trabajos, pesados y muy duros y mal remunerados, influyeron decididamente en su formación ideológica y en sus primeras inquietudes novelísticas.

En el semanario ATLANTICO, que editaba y dirigía en La Ceiba su pariente don Angel Moya Posas, empezó Amaya Amador a publicar artículos, comentarios y algunas poesías. Uno de los sonetos que escribió, en sus años mozos y a lo mejor, flechado por Cupido, dice así:

 

MUJER, mi canto lleva la suavidad del ala
y el sonoro ritmo de una arpa de cristal;
de jazmines del cabo sus perfumes exhala
y se roba esta noche todo el fulgor astral.

En mi jardín interno la floración de gala
viste a los maceteros con un beso vernal;
y el corazón -mi viejo jardinero- regala
a los ensueños su crudor sentimental.

MUJER, mi canto tiene toda la ansia suprema
de arrullar cual alondra y brillar cómo gema,
de tener mucho aroma y embriagante calor.

Porque va -mensajero de mi ideal intangible-
a rondar el jardín de tu amor imposible
y ser halo votivo a tu raro esplendor.

 

La última vez que conversamos con Amaya Amador, fue cuando el Dr. Ramón Villeda Morales, siendo presidente de la República visitó a Olanchito en septiembre de 1959, que vino precisamente a inaugurar la Semana Cívica, acompañado de los embajadores de Centro América, acreditados en nuestro país, En esta oportunidad se sumó a la caravana de distinguidos visitantes, oportunidad que aprovechó Amaya Amador para departir con viejos amigos. Más antes lo hablamos tratado en su casa solariega y cuando lo mirábamos levantar tipos en la pequeña imprenta “Gardel”, donde se editaron algunos periódicos de la localidad, incluso el Semanario “Alerta”.

Retrato

Mediana estatura. Trigueño. Fornido. Voz ronca y fuerte, como león rugiendo en la espesura de la selva. Gran deportista. Integrante del Club Aguán. Salía de vacilón, en las noches de luna, en serenatas o fiestas tradicionales. Gustaba fumar puro, cuando se entregaba a meditar en su “Cuarto Brujo”, para dialogar con sus eternos compañeros: los libros. Autodidacta. Formado en la gran escuela de la vida. Escritor fértil, de elegante prosa y profundas concepciones. Admirado y respetado por intelectuales, del viejo y nuevo mundo.

Más de alguna vez fue llevado a las frías celdas de la cárcel, quizás por intensiones de molestarlo que por razones de culpabilidad; y allí, en la soledad, mantuvo siempre la habitual serenidad de los grandes. Entrañable amigo de Dionisio Romero Narváez, Domingo Urbina y Virgilio Sarres Núñez.

El Semanario Alerta

Hagamos una pausa para referirnos a este hijo espiritual de Amaya Amador. En 1943 fundó este Semanario, con la colaboración de Dionisio Romero Narváez. “Alerta” se convirtió en una trinchera en defensa de los intereses de los trabajadores, en un momento en que el país cruzaba por una de las crisis más agudas de su historia; el régimen cariísta: Fue a través de las columnas de “Alerta” que se lanzó la iniciativa de construir el parque que engalana a la ciudad de Olanchito. Al efecto se organizó un Comité, en reunión que presidió Amaya Amador y Romero Narváez, en el local que ocupó en sus primeros años el Instituto Francisco J. Mejía. Esto aconteció en 1945. El Comité cumplió a cabalidad su cometido y en reconocimiento a su labor damos a conocer los nombres de sus integrantes: Presidente, don Felipe L. Ponce; Vocales: Profesor Francisco Murillo Soto, don Lino E. Santos, Br. Alirio Ponce Tejeda, doña Tomasa de Pagoada, Profesora Nohemí Romero Narváez; Tesorero, don Francisco Núñez Oseguera; Fiscal, doctor Sixto Quesada Soto; Secretario, Profesor Max Sorto Batres y Prosecretaria, Profesora Raymunda Soto de Valerio.

También en las páginas de “Alerta”, empezó a publicar los primeros capítulos de su muy conocida novela PRISION VERDE.

Cuando Amaya Amador publicó “Alerta”, aseveran analista y contemporáneos, no tenía compromisos ideológicos extracontinentales, más bien simpatizaba con el emblema rojo-blanco-rojo del Partido Liberal; y sí cambió de ideas o pensamientos, fue cuando se vio forzado a emigrar a Guatemala, en 1946, al asumir el gobierno el Dr. Juan José Arévalo, encontrando en ese país un ambiente propicio a sus inquietudes literarias.

En Guatemala colaboró en los periódicos “Diario de Centro América”, el “Popular Progresista” y “Mediodía” y también en “Vanguardia Revolucionaria”, que era el vocero del Partido Democrático Revolucionario Hondureño.

En cierta ocasión comandó un pelotón de obreros, ferrocarrileros y estudiantes, defendiendo al régimen del Dr. Arévalo.

Derrocado el Gobierno de Arbenz Guzmán, sucesor del Dr. Arévalo, Amaya Amador se asiló en la Embajada de Argentina, saliendo para aquel país donde contrajo matrimonio con la señora Arminda Funes.

En 1956, la junta Militar de Gobierno integrada por el General Roque J. Rodríguez, Coronel Héctor Caraccioli y Mayor Roberto Gálvez Bámez, emitió un decreto de amnistía general que le permitió regresar a su tierra natal, estableciéndose en Tegucigalpa donde colaboró en el diario “El Cronista”, a través de una columna que llamó COLUMNA SENCILLA.

Posteriormente viajó a Praga, Checoslovaquia, incorporándose a la plana de redacción de la Revista Internacional “Problemas de la Paz y el Socialismo”, publicación de 500.000 ejemplares, que circula en 150 países del mundo. Viajó por China, Bulgaria, Holanda, Bélgica, Suiza, Alemania, Francia e Italia, enviando tarjetas y saludos a sus amistades.

En su corazón siempre palpitó el nombre de Honduras. La noche del 19 de abril de 1959, cuando partió para Praga, después de recibir los abrazos de despedida de sus amigos, escribió en su diario personal: Esta es nuestra última noche en Tegucigalpa. Hasta cuándo retornaremos a ella y en qué condiciones. Ni siquiera lo podría predecir, porque el futuro es un enigma. Y la fatalidad se cumplió.

El 24 de noviembre de 1966, perdió la vida en un accidente aéreo, viajando de Bulgaria a Checoslovaquia. El avión Ylyushin 18, que lo conducía, se estrelló en una colina próxima a la ciudad de Bratislava.

La novelística de Amaya Amador

Al enjuiciar la obra de Amaya Amador, uno de sus críticos se expresa de esta guisa: “La temática desarrollada por Ramón Amaya Amador no es de esas que suelen calificarse de universales porque hunden sus raíces en los problemas de un hombre etéreo: habitantes de todos los climas. En realidad, Amaya Amador tuvo un sólo tema: el hombre hondureño, visto con la óptica del que contempla desde abajo, desde la entraña misma del pueblo. De su pluma no salió una sola palabra, una sola letra, que no estuviera dirigida a contribuir con eficacia a la lucha del pueblo hondureño con sus explotadores, tanto nacionales como extranjeros. Fue el novelista de la clase obrera y sus obras, más que un arte puro, son el grito de combate de uno más de los soldados proletarios”.

PRISION VERDE. Fue su primera novela, muy olanchita, escrita en el “Cuarto Brujo”. La primera edición fue publicada en México, en 1950. Fue traducida al chino y al alemán. En un aparte del prólogo, de Longino Becerra, enfatiza que la mejor obra de Amaya Amador es sin duda PRISION VERDE. Este libro recoge la experiencia dolorosa y brutal del novelista como trabajador bananero. Es en cierto sentido una obra-testimonio, pues como en todos los trabajos de Amaya Amador en ella se encuentra fielmente la historia cotidiana de nuestro pueblo.

LOS BRUJOS DE ILAMATEPQUE. La primera edición fue publicada en Honduras, en 1959, la segunda edición en 1979. Su relato se centraliza sobre el fusilamiento de los hermanos Cano, Cipriano y Doroteo, en la plaza pública de Ilamatepeque (llama), del departamento de Santa Bárbara, acusados con el pretexto de practicar la hechicería.

Los brujos de Ilamatepeque, dice su prologuista, es una obra interesante en la que Amaya Amador ensaya por primera vez la modalidad histórica de la novela. Su lectura tiene la virtud de trasladarnos a un hecho trágico de la historia centroamericana: la caída de la revolución morazanista y el retorno de la “reacción” inquisitorial a nuestros países, cuyas sombras espesas aún hacen sentir sus efectos paralizantes”.

CIPOTES. Publicada por Editorial Universitaria. Primera edición 1981. Según las palabras de presentación, esta novela, como la mayor parte de las que escribió el célebre hijo de Olanchito, los hechos valen por sí mismos y no son llamados a desempeñar el modesto papel de sirvientes de la docta creación literaria. Para él lo importante no era cómo relatar sucesos reales o verosímiles, sino los sucesos mismos, para fijarlos como vivencias del pueblo al que perteneció y, de la época en que le tocó vivir.

El tenia fue sugerido por las conversaciones que tenía frecuentemente con los lustrabotas que permanecían en el parque central, cuando se encaminaba a la redacción de “El Cronista”. El libro nos pinta un hecho olvidado por la sociedad y como dice el autor: “dentro de cada caja de lustrar zapatos hay tina tragedia humana”. El autor trabaja aquí con un lenguaje coloquial: el que se escucha en los mercados, las calles y lugares más humildes de Honduras.

La mayor parte de las obras de Amaya Amador se encuentran inéditas y en el archivo, que dejó en Praga, se encuentran muchos trabajos de esta índole. A continuación damos a conocer algunos títulos.

“Valleros”, Novela 1942. “Carbón”, Novela 1942. “Los fracasados”, novela 1943. “Locura”, novela 1943. “Rieles gringos”, novela 1952. “Amanecer”, novela 1953. “Constructores”, novela 1958 “El ojo del Yerix”, novela inconclusa 1959. “Cinchonero”, novela 1960. “Destacamento rojo” novela 1962. “Fronteras de Caoba”, novela 1963. “El Señor de la Sierra”, novela 1963. “Operación gorila”, novela 1970. “Sombras de petróleo”, novela sin fecha. “El hombre embotellado” novela sin fecha. “La noche del campeño”, novela sin fecha. “La balanza del truchero”, novela sin fecha.

Otros escritos. “Pascuas de antaño en Olanchito”, relatos 1943. “Relatos históricos de Agalteca”, leyendas 1943, inédita. “Cuentos catrachos”, 1950. “Bajo el signo de la paz”, crónicas de viajes 1953. “Biografía de un machete”, 1959. “La peste negra”, teatro 1960, inédita. “Sucedió en Guatemala”, reportaje literario. “Buscadores de botijas 1961. “Un aprendiz de Mesías”, 1961. “Tierras bravas del coyol”, 1962. “Tierra Santa”, 1965. “Ciclo Morazánico”, 1966. “La mujer mala”, teatro 1972. “Jacinta Peralta”, sin fecha. “La abanderada”, sin fecha. “Los rebeldes de la Villa de San Miguel”, sin fecha. “El sombrero de junco”, sin fecha. “La paz y la sangre”, sin fecha. “Sombras de montaña”, sin fecha. “La última orden”, sin fecha. Poema cósmico”, sin fecha. “Hombres, rumbos y horizontes”, apuntes de viajes, 3 volúmenes. “La ruta histórica del pueblo hondureño”, un volumen sobre problemas económicos, políticos y sociales de Honduras.

Es muy posible que hayan obras en poder de particulares, de amigos suyos, todas inéditas, que sería importante recuperarlas y publicarlas, para conocer y acrecentar la bibliografía de este alto exponente de las letras hondureñas.

Juicio Crítico

Ramón Amaya Amador, hijo predilecto de Olanchito, rompió con lo que sentenciaba Bacon: no fue un fanático, porque siempre quiso pensar; no fue un cobarde, porque siempre tuvo la osadía de pensar; y no fue un idiota, porque siempre pudo pensar. He ahí la triple dimensión del pensador: libre, valiente y potencial. Precisamente, Amaya Amador nació para dejar plasmado un pensamiento nuevo, un pensamiento transformador, el pensamiento del cambio o bien el pensamiento revolucionario, producto del trabajador, humilde y golpeado por la injusticia y la negatividad humana.

Cargó la cruz pesada del proletario. Trabajó en las fincas bananeras donde compartió las angustias del campeño supo de los sinsabores de la explotación del hombre por el hombre. Vivió la tragedia lacerante que desgarra en carne viva el alma de los jornaleros. Nutrió su espíritu con inspiración de pueblo, con sufrimiento del pueblo, con la esclavizante pesadumbre que llevan en silencio los pueblos oprimidos. Y no solamente fue un proletario del campo, en carne y hueso fue también un proletario de la pluma dejando oír su voz condenatoria en cada libro y en cada escrito. Protestó con nobleza y valentía. Fustigó la conducta deshonesta de los gobiernos y condenó el soborno infamante de los poderosos.

Gritó, con voz de trueno, la amargura de las clases marginadas y desposeídas y la dolorosa realidad de los que gimen entre lágrimas, sudor y sangre. Amó sinceramente al trabajador, al proletario y su pensamiento lo puso a su servicio. Se entregó en defensa de sus derechos y en un mundo atormentado y sacudido por la violencia y la incomprensión; en un mundo que se despedaza por el desenfreno de las pasiones y ansias de poder; un mundo desquiciado, convulso y proclive a su propia destrucción

Así camina la humanidad. Así la vio y vivió Amaya Amador. Su voz acusadora fue también de aliento, tendida como un signo de esperanza en la larga noche de las reinvindicaciones proletarias. Un fuego a distancia abriendo surcos de luz con las herramientas del pensamiento escrito.

Reconocimientos

El Círculo Literario Universitario de Honduras, en 1958, le concedió un Diploma de Honor por su labor literaria. En tal ocasión, Amaya Amador expresó lo siguiente: "Es primera vez que siento la profunda emoción de ser objeto de una demostración de afecto, de comprensión, de dignificación y prez de esta naturaleza, de parte de mis compatriotas. En varias oportunidades he tenido la satisfacción de ser objeto de honores de parte de organizaciones culturales y personalidades intelectuales de otros países de América y aún de Europa; pero, es primera vez que en mi Patria, recibo una honrosa distinción por mis trabajos en la literatura y en la cultura en general."

Cabe agregar, que por gestiones de la Universidad sus cenizas fueron repatriadas y las conservan el Alma Mater.

Algunas escuelas, institutos y bibliotecas llevan el nombre de este destacado hondureño. En Olanchito una de las colonias así se llama. La promoción académica a nivel medio, en 1975, llevó el nombre de RAMON AMAYA AMADOR. Y el Bloque de Prensa de la localidad, en forma modesta, le dedicó un homenaje a su regreso de Argentina.

Palabras finales

Hemos presentado un breve trabajo sobre la vida y obra de Ramón Amaya Amador, un hombre que llamó Dionisio Romero Narváez, “sincero con su propia conciencia, un escritor de la verdad, un obsesionado por su amor a la masa proletaria y un Quijote del siglo XX que pretendía romper con las lanzas de su ideal el dolor del mundo y la injusticia social.

Ha sido nuestra voluntad complacer los buenos deseos de la Secretaría de Cultura y Turismo, de la Dirección General de Cultura, de la Honorable Corporación Municipal y del Comité de las Fiestas Patrias, en el homenaje que en esta fecha se le tributa a Ramón Amaya Amador, por su meritoria contribución al fomento de la cultura del pueblo hondureño.

Y algo muy importante y oportuno que considero en lo personal, es hacer mención del siguiente hecho: siendo nosotros muy jóvenes y cuando nos iniciábamos en la docencia, Amaya Amador nos inyectó ánimo para escribir en periódicos. Y motivados por su espíritu alentador, fue que empezamos a garabatear en las páginas de “Alerta”, usando el seudónimo de Juan Pueblo. Ahora, a la vuelta de los años, nos sorprende la vida que seamos nosotros, uno de tantos y quizás el menos indicado, que dispongamos de este aparte para referirnos al controversial escritor y periodista, surgido del vientre fecundo y palpitante de jamolandia.

En esta forma, cumplimos con la honrosa misión confiada a nuestra humilde persona, en el acto de develización del busto de Amaya Amador, en el parque de esta ciudad; busto que consagra su memoria, en tanto su recuerdo se fuga luminoso como un reguero de estrellas hacia la Inmortalidad.