Ensayos
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Armando García

Medio siglo de Prisión Verde

20 de noviembre de 1995

Armando García

Ellos lo recuerdan. Sus amigos aún tienen, inmarcesible en el frescor del cariño, la estampa briosa de aquel mestizo cimarrón. Pleno. Vital. Camina, midiendo el cascajo integral y la polvareda de los atajos de su ciudad. Las ocho calles y las siete avenidas le van quedando ya pequeñas. El, dueño del mundo, las anda vestido, de punta a punta, almidonado, delicado en su traje de blanco dril.


Allí está en el corredor de la casa de bahareque. Libro en mano. Viajando por el universo. Sentado en la silla de bejucos, al otro lado, enfrente de la iglesia, casi al par del Cabildo. De cuando en cuando, alza la negra pupila, medita y ve La Ceibita clavada de raíces milenarias en el corazón de la plaza.
Todas lo miran. Las mujeres, sus admiradoras de entonces, sienten humedad en el mismo lacrimal en donde alojaron una vez, y para siempre, la sensualidad de sus piropos. Suspiran, con la misma emoción, al desempolvar los días. Aseguran no olvidar jamás la frondosidad mulata de labios frutecidos. Los mismos que restallaron, reventados de turgencia, repletos de marfil dicente, sonrisados, acariñantes, de blancor.
Otros, siempre fraternos tremolados, como tocados por marimba , lo retrotraen deportivo, invencible capitán, sudoroso, invicto, dirigiendo a la oncena del equipo de sus pariguales, el Aguán Deportivo. Es el mimo equipo de las serenateros. Los estremecedores. Los urgidos subvertidores de los balcones solitarios, los exterminadores del enjaulado corazón.
Sus paisanos saben de la mar de libros de su Cuarto Brujo. De su orgánica pasión por contar. De la testimonial, mayúscula y viril, letra viva de su tiempo. Aseguran que los secretos de las cosas bellas del mundo y la vida las aprendió de su madre. Y que el arte y la rebeldía le llegaron también desde esa misma vía nutricia. Sostienen que su única universidad fue la misma en que, alguna vez, abrevaron los Grandes Maestros de la humanidad, el diario vivir...
El, supo de la dicha que prodiga el vino. El, conoció la alegría del peregrino que regresa a casa. El, conoció la dulzura de la sal con que se amasan los caminos de la humanidad. El, saboreó el amargor de la hiel y la miel de la que están fabricados los cimientos de la patria. El, conoció de la poltrona donde se arrellana la soberbia. El, supo de la delicada sabiduría de los pueblos llanos. El, abrevó de la fuente de donde mana el arte. El, sabía del método, del flujo y reflujo, de las espinas y las piedras, de la dentellada y de los muros que hay que salvar para llegar a la felicidad y la esperanza...
Así dicen que era. Hijo, como cualquier hijo de vecino, de una mujer hacedora de flores y guirnaldas; teatrista de veladas y promotora cultural; despertadora de espíritus y lectora de espesas noches y madrugadas largas. Su Padre, un bendito hombre de Dios, un sacerdote, un pueblerino cura párroco cualquiera. Isabel Amaya, la mamá; Guillermo R. Amaya, el papá. Binomio creador de la criatura más prolifera de la literatura hondureña.
Sus libros, más de una treintena, han dado mucho de qué hablar. Se puede decir mucho de ellos ahora que medio ha cambiado la hueca oquedad de la caverna dominante. Los escritos de este hombre han despertado el más enconado de los odios y revivido el más diáfano amor entre los humanos. Su pluma, polémica, es la más querida y la más odiada.
Hoy, este año, su novela, Prisión Verde, cumple cincuenta años, medio siglo de batalla frontal contra la ignominia... Ha sido el libro más perseguido del país. Por mucho tiempo fue prueba de convicción para el encarcelamiento. Sus primeras ediciones fueron traídas, desde México, por puntos ciegos (vive la memoria de Julio Andrade Yacamán para contarlo). Varios cristianos de los Campos Bananeros perdieron su vida o fueron a dar a la cárcel por la osadía de guardarla, prestarla, leerla, regalarla o venderla. Los Comandantes del Cariato calentaron la frialdad de alguna de sus noches con la llama de sus páginas quemantes. Los viejos de mi pueblo aún bajan la voz al sólo mencionar su nombre. Muchas veces fue enterrada viva en la soledad de los patios después del Golpe de Estado.
Este año, Prisión Verde, cumple cincuenta años de haber sido escrita, por un centroamericano de Honduras, nacido en Olanchito, Yoro. El era, se llama y se llamó: Pedro Ramón Amaya Amador.