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Padre Ismael Moreno

Ismael Moreno (Padre Melo)

Presentación del libro “Los rebeldes de la villa de San Miguel”
Museo de Antropología, San Pedro Sula, 4 de diciembre 2012

 

Ramón Amaya Amador no deja nunca de sorprender con su construcción literaria. Cuando creímos que ya todo lo tenía escrito, y que lo más exquisito de su obra ya la conocíamos, Amaya Amador nos despierta de un solo tirón con esta novela histórica sobre José Francisco Morazán Quesada. La novela transcurre en los catorce años que más estremecieron la realidad y la sociedad centroamericanas al menos en la primera mitad del siglo diecinueve, y probablemente de todo el resto del siglo.

El contexto vital en el cual se sitúa la novela de Amaya Amador es la juventud de Morazán. Una “juventud lozana y soñadora”, como nos lo dice el escritor en el inicio de la novela, ocurrida hace exactamente dos siglos. Y el contexto vital de esta juventud se sitúa en las vísperas y en los alborotos que acompañaron los movimientos independentistas. Honduras y Centroamérica tienen de fondo las luchas libertarias suramericanas, y es del pozo del cual bebe el joven Morazán, y así lo deja escrito Amaya Amador cuando Francisco Morazán, evocando a Bolívar, José de San Martín y todos los libertadores, manifiesta con rebeldía y mente soñadora: “¿Podrá quedar el Reino de Guatemala como un esclavo entre libres?”

En este libro que he sabido gozar, Amaya Amador lanza su inventiva y con una férrea fidelidad a los hechos históricos, deja que la literatura ocupe su lugar, y con ella, el amor del joven Francisco Morazán, cuando ya prendido de la hasta entonces inalcanzable María Josefa Lastiri, hace brotar de su corazón frases profundas como la siguiente: “Se me ocurre que el amor, tanto puede enloquecer por su insondable dicha como por su insondable dolor”. Frente a una mujer, ningún hombre enamorado puede quedar inadvertido, puesto que “Ninguna mujer deja de advertir la mirada del hombre que la ama”.

Es en este corredor de los amores juveniles en donde Amaya Amador se da el gusto y el lujo de mostrar su capacidad literaria. Presenta a los hombres que nosotros evocamos por su seriedad, sus mentes frías y sus convicciones ideológicas y políticas, desde ese otro campo tan esencial en tanto seres humanos: la ternura, el enamoramiento, los romances, el aguijón de “los amores contrariados” que diría García Márquez. Nicho, el gran prócer de la patria Dionisio de Herrera, el escritor lo recrea aquí no sólo en sus ideas y capacidades de gobernante, sino como el joven atrapado en los avatares de su amor por Micaela. Y aquí el escritor saca a relucir sus metáforas ante el enloquecido amor del joven político Dionisio “menos se fatigaba de contemplar a Micaela, quien tenía iluminado el rostro de manzana”.

Es bonito leer del escritor político del partido comunista la confesión que el joven Francisco le hace a su amigo Dionisio de Herrera: “Estoy profundamente enamorado de María Josefa”. Un amor que cruza este libro de cabo a rabo. Ante la imposibilidad de hacer realidad el amor con una mujer a la que se le declara cuando ella ya está comprometida, a la que sigue amando en secreto cuando ya está casada y a la que lleva en su corazón siendo viuda, hasta la sonrisa del joven rebelde es la expresión de su dolor, “Francisco sonrió con tristeza”, lo resume el escritor. Por suerte, la realidad en esa relación de amor, en este caso, culmina como las novelas, y así cierra este primer tomo de los Rebeldes de la Villa de San Miguel, con el amor correspondido, con casamiento y luna de miel entre María Josefa y el joven Francisco, convertido en presidente de la República de Honduras.

La recreación de la vida de Francisco Morazán en este escrito deja muy bien establecida la realidad histórica y la realidad literaria. Cada una en su terreno en una armoniosa retroalimentación. Amaya Amador muestra la pintura de una sociedad colonial atrapada en sus profundas divisiones, contradicciones, exclusiones y polarizaciones. Francisco Morazán es hijo de una sociedad criolla que pugna por ocupar el puesto que los gachupines no permiten. Y menos a personas como Francisco Morazán a quien incluso se le niega una educación superior a la que tiene acceso por sus recursos económicos, pero que su falta de “pureza de sangre” se lo impide por provenir de una madre española y de un padre de familia italiana. Si un criollo como Francisco Morazán, de familia económicamente bien situada es discriminado, cuánto trasluce de exclusión social el contexto histórico en el cual es ambientada la novela de Ramón Amaya Amador. Si así tratan a Francisco Morazán, cómo no tratará la aristocracia conservadora a los mestizos, mulatos, indios, negros y esclavos.

Siendo Francisco Morazán miembro de una casta criolla, su relación y su sensibilidad por la situación de injusticia que sufrían los sirvientes y esclavos, llevó a que en él se desarrollara una conciencia social y un talante de rebeldía que le dará la identidad por la que fue conocida en su tiempo y la que hoy conocemos. El escritor dice de Morazán, varios años antes de que incursionara directamente en las luchas independentistas, que “Como radical defensor de la justicia fue el constante vocero de labriegos y gentes pobres, plebeyos, en sus peticiones ante el Ayuntamiento y la Real Hacienda”. “Era como el abogado de los pobres, del pueblo bajo”.

El novelista no deja ningún resquicio para saber ambientar la juventud de Morazán en un contexto de movimiento y ebullición de ideas. El tiempo de Morazán, y particularmente el de su juventud, es de construcción de pensamiento al fragor de la lucha libertaria. A propósito de los amores que Micaela ha despertado en Dionisio de Herrera se establece un diálogo que refleja el pensamiento que mueve a los independentistas. Francisco se extraña de los cambios que operan en la mente de su amigo, y Nicho lo justifica de esta manera:

“No te sorprendas. Chico: el hombre es un animal que cambia precisamente porque piensa. Hoy consideras una idea como verdadera más cuando va pasando la vida puede que comprendas al través de los hechos, que aquella idea era falsa. Entonces la dejas y buscas la verdadera... Francisco quedó serio y pensativo. Las palabras de Dionisio... tenía un fondo de extraña verdad y de atracción para meditar en ellas”.

Por ello, Morazán participa de las “Tertulias patrióticas” de los criollos que van radicalizando sus ideas en tomo a la lucha por la independencia. De estas “tertulias”, lo que hoy llamaríamos círculos de estudio o espacios de reflexión que tanto nos cuesta promover y sostener, se van alimentando construcciones ideológicas, políticas y teológicas, así como las solidaridades y complicidades para una lucha común.

Tampoco podía faltar en estas complicidades, las referencias al romance juvenil, como ocurre cuando Francisco pregunta a Paca Moncada, una de sus posibles candidatas a romper con su soltería: “Dígame Paca pero con toda franqueza ¿cuál de los jóvenes que vienen a estas tertulias es su novio? -Se puso colorada como si viniera del río bajo el sol del mediodía”.

Estas ideas nuevas, sociales y transformadoras tienen que abrirse paso en medio de profundas confrontaciones, entre las que no podía faltar, la Iglesia Católica desde donde se configuran no sólo las ideas sino los proyectos políticos más conservadores.

La Iglesia vive en este tiempo sus propias contradicciones internas, y las ideas teológicas y la práctica pastoral que de ellas devienen, confrontan a sus protagonistas. Al interior de la Iglesia se reproduce la división de clases y la estructura eclesiástica da sustento a esta división, así lo deja escrito Amaya Amador en el marco de la celebración de la misa de gallo de diciembre de 1811: “En la Iglesia cada cristiano ocupa un lugar específico, de acuerdo a su clase social”.

Morazán no queda fuera de este debate. Su hermano Benito es la expresión de la corriente más conservadora y dogmática de la Iglesia, mientras que sus amigos, el presbítero Márquez y el cura joven Joaquín Molina representan en el ambiente cercano a Morazán el movimiento teológico y pastoral renovador e independentista. A propósito del interés del joven cura Molina por incursionar en la música, Morazán dirá con sencillez las siguientes valoraciones teológicas: “El cura no debe servir para decir misas y recoger las limosnas de los fieles; también debe desplegar actividades culturales, artísticas para beneficio de las gentes”. Esto contrasta con la mentalidad y prácticas extremadamente conservadoras del Presbítero Nicolás Irías y de su propio hermano Benito Morazán, “enemigos jurados de la independencia y de todo lo que tuviera algún viso de progreso”.

Amaya Amador no desperdicia la ocasión para retratar a la aristocracia en un pensamiento retardatario, tanto en lo político, como en lo teológico y en lo social y de género. Es en la boca de uno de los exponentes de la aristocracia en quien el escritor expresa el ambiente de desprecio para quienes luchan por la independencia que a su vez la unen con el concepto que esa clase conservadora tenía de la mujer. Y así queda dicho textualmente en la novela, a propósito del apoyo con el que contaban los independentistas: “Hasta las mujeres se vuelven partidarias de los maleantes y subversivos”.

Algo que uno sabe, pero que a veces no quisiera saber, es la marginalidad en la que nuestro país se ha colocado en la historia latinoamericana y centroamericana. Siempre llegamos tarde a los acontecimientos. Siempre estamos orillados ante el andar impecable de la historia. Amaya Amador, recrea este dato de nuestra historia, sin andarse por las ramas. Francisco Morazán, Dionisio de Herrera y sus seguidores, no obstante sus luchas y sus compromisos patrióticos, conocieron de la independencia hasta el 28 de septiembre de 1821, y cuando tomaron sus posturas en relación con el imperio de Iturbide, hacía muchos días que el autoproclamado emperador se había ido al exilio para salvar el pellejo. Así lo deja escrito en la novela Amaya Amador, y así nos deja palpable lo que hoy, con tantas tecnologías, sigue siendo parte de nuestras angustias y destrozos: “Ellos, los patriotas tegucigalpenses, se encontraban al margen de la historia, que no eran ellos los que estaban construyendo y dirigiendo su destino... lo que aquí se aprobaba, eran hechos consumados mucho antes, y por otras gentes y en otros lugares”.

Una gran experiencia política humana, patriótica y literaria la que he vivido con la lectura de este primer tomo. Nadie en su sano juicio, puede prescindir de esta maravillosa experiencia de toparse cara a cara con “Los Rebeldes de la Villa de san Miguel”.