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Los rebeldes de la villa de San Miguel

El muchacho de Don Eusebio

Primera Parte

1

El sol de la avanzada tarde les daba de frente; un airecillo refrescante aliviaba el calor y los viajeros sentían la humedad del sudor en sus ropas. Crecía en ellos el regocijo viéndose ya a las puertas de la villa de San Miguel; recobraban la locuacidad después del mutismo obligado por la modorra del sol del mediodía y el viaje a lomo de bestia por los caminos sinuosos que llevaban desde Morocelí hasta la villa minera; la muchacha principalmente, dejaba oír su charla juvenil, que en el monte parecía parloteo de pájaro, mientras su hermano, también joven, cabalgando a su lado, aprobaba discreto, disfrutando en su intimidad de la misma alegría.

Jinetes en caballos lustrosos de sudor, José Francisco y Marcelina, seguidos de cerca por el viejo mayordomo Crescencio Sánchez y su hijo Manuel, que viajaban en sendas mulas, ya remolonas por el cansancio, atisbaban, ansiosos, el panorama que se abría ante ellos a medida que dejaban atrás el muro verde del bosque de pinos. De pronto, el joven sofrenó el caballo retinto; éste clavó asustado sus cascos en la tierra rojiza, ritmando su resuello con el retintín de la brida, mientras bajaba el cuello encorvado y metía los belfos entre las patas.

—¡San Miguel! —exclamó Francisco, extendiendo el brazo izquierdo— ¡Al fin en nuestra villa de San Miguel de Tegucigalpa! ¡Mírala, hermana, qué hermosa al atardecer!

—¡Virgen Santísima, qué lindura! —dijo Marcelina.

—Ciudad, casi ciudad —dijo la voz enronquecida y paternal del viejo Crescencio, que contemplaba cariñoso a la entusiasmada jovencita.

—¡Muy cierto! —aprobó el joven, prosiguiendo la marcha y echándose hacia atrás el sombrero de fieltro negro. —Tiene razón, don Chencho; es justo nuestro reclamo de dar el título de ciudad a Tegucigalpa. Lo merece, quizá con más derecho que la propia Valladolid. ¿En qué es mejor Comayagua que esta noble villa de San Miguel? ¿Dígame usted, don Chencho?

El fogoso discurso de José Francisco en defensa y loa de su villa natal pudo escucharse durante largo rato, hasta que, de nuevo, detuvo su cabalgadura y permaneció en silencio observando el poblado de techos rojos y paredes blancas que, a media legua de distancia, se veía reclinado entre un conjunto de cerros cubiertos de pinares.

Estaban en una suave pendiente que conducía a la villa por el camino real de Suyapa. Francisco contemplaba emocionado el panorama vespertino. Por allá corría el Río Grande delimitando los ejidos de Tegucigalpa y Comayagüela, semejante a una S mayúscula. Este último poblado de mineros y artesanos, estaba en la parte sur más plana, mientras San Miguel parecía prenderse de los cerros con los dedos de sus calles empinadas. Bien se advertían las altas torres de la parroquia y de las numerosas iglesias; los altos muros de los conventos; el cuadrilátero de la Plaza Mayor y las plazue­las; el cementerio con sus blancas lápidas entre cipreses; el dedo curvo del río Chiquito. Acá estaban la casa del Ayuntamiento, los cuarteles de Artillería y de Infantería en los que el viento vespertino hacía flamear las banderas españolas, símbolos inequívo­cos de la dominación de la Corona de Fernando VII, en las tierras coloniales de la provincia de Honduras, perteneciente al Reino de Guatemala también llamado Capitanía General.

Marcelina, con los ojos húmedos por la emoción del retorno a la casa familiar, veía el poblado, buscando, hasta encontrarlo, el tejado de su residencia en el centro de la villa. ¡Qué dulce encanto sentía la muchacha pensando en su madre, doña Guadalupe, en su hermana Cesárea, en el alegre Benitín! Cierto que apenas habían transcurrido seis meses desde su traslado a Morocelí, junto a su padre don Eusebio Morazán, pero seis meses eran demasiado para el sensible corazón de una adolescente, de una niña tan apegada al calor y el consejo de su madre. No era igual vivir sólo con su papá. Lo mejor sería que la familia estuviera reunida, pero los negocios del comercio absorbiendo a don Eusebio, le retenían en Morocelí. Por eso, también su hermano Francisco había tenido que permanecer allá cuatro años y hasta ahora regresaba.

—¿No se ven los mozos? —preguntó Crescencio al hijo.

—Ni sombra de ellos —contestó el muchacho quinceañero viendo hacia atrás el camino recorrido.

Las señales de la proximidad de la villa aparecían por doquier: potreros, cercados de piedra o de madera, basurales cundidos de trastos viejos, el camino más ancho con innumerables huellas de pies descalzos y de bestias, y el encuentro con viajeros parlanchi­nes. Alcanzaban y adelantaban a los peatones, labriegos descalzos, gentes humildes que se quitaban los sombreros de ilama, saludando muy respetuosos y con actitud de servidumbre.

—¡Buenas tardes les dé Dios, patrones! ¡Que Dios los lleve con bien!

Algunos empuñaban instrumentos de trabajo, machetes,­ azadas; otros transportaban bultos sobre sus hombros o arreaban alguna bestia de carga. En un grupo iban mujeres y niños que alborotaban con sus conversaciones y el silbar de pitos de carrizo. Algunos viejos decían, reconociendo a los que llegaban:

—Son los muchachos de don Eusebio y doña Lupe: ¡Qué grandes están!

Marcelina tendría apenas unos catorce años y su hermano Francisco unos diecinueve o veinte bien desarrollados.

Su rostro era aguileño, blanco, un tanto amorenado por la quemadura de los soles; los ojos oscuros e inquietos; y la nariz recta daba a su rostro la varonil prestancia del tipo griego. Habían desaparecido en él los rasgos de la adolescencia y se afianzaban, definitivos y gallardos, los de la juventud lozana y soñadora.

El sol de diciembre iba ocultándose detrás del cerro El Berrinche y se anunciaban los oros del crepúsculo. En ciertos lugares de la villa se levantaban columnas de humo; en el cielo, emulando gavilanes y golondrinas, se veían algunos barriletes de colores elevados por muchachos. El inconfundible rumor de la población se iba haciendo cada vez más perceptible en gritos, palabras, ruidos de carruajes y carretas, pisadas de bestias, golpes de hacha, cantos de personas.

Entre los grupos que se alejaban de la villa con destino a sus aldeas, muchos llevaban objetos y vituallas para celebrar la Nochebuena. Algunos hombres, embriagados con aguardiente de caña, se acercaron a los jóvenes para decirles, con el sombrero en la mano:

—¡Que tengan felices Pascuas con la bendición de Nuestro Señor!

Estaban ya próximos a entrar en el poblado, cuando entre el bullicio de un grupo de viajeros que les precedía, unos jóvenes se dirigieron corriendo y dando voces al encuentro de Francisco y compañeros.

—¡Allí vienen! ¡Aquí está Chico! ¡Viene mi hermanita!

—¡Miren quiénes llegan a encontrarnos! —gritó Marcelina entusiasmada—. ¡Hola, Benitín, hermanucho canilla de chucho! ¡Ah, si también vienen tus amigos Diego, Justo, Remigio y Mocho! ¡No podían faltar!

—¡Bienvenidos! —saludó uno, Ramón Vigil, rebosante de regocijo y juventud—. ¡Ya ratos que les esperábamos! ¡Cuánto gusto de verles!

—¿Qué tal viaje han tenido? ¿Cómo quedó don Eusebio?

—¡Bendición, hermano Chico, bendición hermana Marcelina, bendición don Chencho! —repetía Benito, muhacho de diez años, saltando de uno a otro lado.

Preguntas y respuestas al unísono; abrazos, apretones de manos, expresiones de alegría y respeto, de amistad juvenil. Francisco saltó del caballo y se lo entregó al hijo del mayordomo mientras seguía a pie junto a sus amigos. El cuerpo del recién llegado lucía alto, delgado, flexible; llevaba sobrebotas colora­das, chaqueta marrón y pantalones amarillos. En su mano blandía una fusta. Los amigos también eran jóvenes de diecisiete a veinte años, muchachos criollos, de maneras cultas pero sencillas, sin ostenta­ción ni vanidad.

A la entrada de la villa se encontraba una garita y en ella autoridades coloniales. Fueron allá para reportarse y pagar el derecho de peaje que correspondía. Uno de los guardas era conocido suyo y les saludó. En su rostro colorado se notaba que había bebido.

Prosiguieron. Iban y venían preguntas de ambas partes porque había mucho de nuevo después de cuatro años de ausencia. No eran ya los mozalbetes del año ocho, sino jóvenes que se preocupaban por sus modales y por las novias.

—¡Esta noche estará lindísima! ¡Habrá muchos bailes, en casa de las Pineda, las Sotomayor, las Uclés, las Valladares, en fin...!

—¡Y nacimientos, no digamos; cada casa es un portal; cada hombre es músico, bailarín o contador, cada muchacha...

—¡Y... un clavel y cada vieja una lechuza! —concluyó entre risas Remigio, por cierto el de menor estatura de todos.

—¿Y Nicho está aquí o en Comayagua?

—¡Aquí! Nos dijo que iba a venir a encontrarte. ¡Ya lo verás!

Entraron por entre hileras de casas blancas de adobe o bahareque, con horcones de fierrillo o columnas de ladrillos, con jardines y patios limpios, desherbados para las fiestas por orden del Ayuntamiento. Gratos perfumes de reseda, de jazmines del cabo, de flor de indio, de clavellinas, de azahares; aroma intenso de piñuelas motatas llevadas de los campos para embellecer y perfumar los nacimientos; olor escapado de las cocinas donde las mujeres hacían nacatamales de maíz con carne de jolote o de puerco; torrejas, buñuelos, confituras, tortas y todas las delicias propias de Nochebuena.

—¡Allí van los muchachos de don Eusebio Morazán y doña Lupe! ¡Qué buen mozo les ha salido Chico y la Marcelina no va a ser menos hermosa que su prima Micaela!

—¡De tal palo, tal astilla! ¡Que nuestra Virgen del Rosario les dé larga vida junto a sus tatas, amén!

—¿Cómo le ha ido, niño Chico? ¡Caramba! Usted es ya todo un hombre y muy galán por cierto! ¡Cómo se parece a su padre!

—¡Adiós, niña Marcelina, gusto de verla, que pase feliz Nochebuena con su mamá!

—¡Corre, muchacho, corta unas rosas, las más bonitas, para mandar a saludar a los muchachos de doña Lupe! ¡Corriendito, hijo!

—¡Ve vos, muchacha, poné en un plato limpito unos nacatama­litos y unas pupusas calientes para saludar a los muchachos de doña Lupita! ¡Rápido, para que los coman con el café de la llegada!

Por las calles angostas de la villa de San Miguel y Heredia, cruzaban gentes de todo tipo: señoritos bien trajeados; hombres maduros, de levitas, portando bastones o varas; señoritas de botines altos y faldas largas, llevando flores, ramas de pino, juguetes para los portales; domésticos de color canela, siervos unos y esclavos otros, en faenas de sus patrones; muchachos desarrapados escapando de las ruedas de un coche ruidoso o de las patas de un caballo.

A medida que se acercaban a la residencia de los Morazán, aumentaba el grupo con más amigos y muchachos del pueblo, quienes, por curiosidad, seguían el cortejo de igual modo que hubieran ido tras un bando, un juglar, un viático o un entierro solemne. Tanto se habían detenido en las calles que, cuando por fin llegaron a la casa, también llegaban los mozos con cuatro mulas cargadas con el equipaje, a pesar de haberse quedado muy atrás en el camino.

De la casa señalada con el número 120, en la calle La Fuente, salió una muchacha menor que Marcelina, a recibir a los viajeros. Detrás de ella asomaron varias sirvientas mestizas, mientras en la puerta esperaba doña Guadalupe. Marcelina desmontó rápidamente, cayendo en los brazos de Cesárea. Francisco se descubrió y, florecido de sonrisas, fue a abrazar a su madre.

—¡Bendición, mamá!

—¡Que Dios te bendiga, hijo! ¡Qué alegría me dan! ¡Ven a mis brazos, hijita! —y recibió gozosa a Marcelina que lloraba de felicidad—. Hijos míos, cómo los he extrañado! ¡Entren, vengan, cuéntenme ¿Cómo quedó su padre? ¡Pobrecito mi Eusebio, otra vez ha quedado solito!

—¡No será por mucho tiempo, mamá —dijo Marcelina— pues pasada la Semana Santa, yo volveré con él a Morocelí!

—¡Ay, Marcelina —exclamó Cesárea, acariciándole la cabeza—, qué guapa y grande que estás! Cada día te pareces más a mamá. ¿Verdad, Chico?

—Tú eres la que te pareces más a mamá —dijo Benito, haciéndole un guiño a Diego, que sonreía con el sombrero en la mano.

Prevalecían el júbilo y el ajetreo en toda la casa. La más alegre, en la cocina, era La Machuca, vieja indígena xicaque que desde muy temprana edad servía a la familia Quesada y que, cuando doña Guadalupe formó hogar, la trajo como mujer de confianza para su cocina. La Machuca había sido niñera de los cuatro hijos del matrimonio y los quería como propios.

La casa era grande, y de esquina. Tenía varias habitaciones y un patio grande con cercado de adobes. La sala se encontraba amueblada con sillones de cedro con cojines bordados; una mesa de caoba, grande, con las patas torneadas; mesitas rinconeras con tapetes de raso, también bordados a mano, y búcaros de porcelana. Una gran lámpara de bronce con cinco brazos para colocar las velas. Cuadros en las paredes y cortinas en las ventanas. En un extremo, un Nacimiento, detrás de un cerco de palmas de teocinte. Olía a piñuelas motatas, cuyos amarillos racimos pendían del cielo raso. Los amigos de confianza se sentaban en esta sala o pasaban al corredor interior, junto al patio donde, bajo la dirección del mayordomo Crescencio, los mozos mestizos, vestidos de manta, descargaban las mulas.

La mesa pronto estuvo servida. Muchos de los acompañantes se fueron retirando y otros, como los hermanos Ramón y Diego Vigil, Remigio Díaz y Justo Herrera, participaban del café y la chintata. Los vecinos llegaban a ofrecer sus parabienes a los muchachos Morazán. También se acercaban mandaderos con ramos de flores, con manjares cubiertos con mantelitos blancos, portadores de las muestras de respeto y cortesía de familias modestas, criollas y mestizas, de la vecindad.

—Doña Lupita, aquí le manda mi mamá para los niños Chico y Marcelina, que cómo han llegado y que la felicita deseando que pase una Nochebuena muy contenta con todos sus hijos.

También llegaban caballeros de la alta sociedad, hombres circunspectos, de cuello duro y bastón con empuñadura de oro o de plata, a saludar al hijo de Eusebio que ya era todo un hombre, juicioso, galán e inteligente, respetuoso de la moral y las buenas costumbres; sin duda, un leal súbdito del Rey, orgullo de los criollos que, por sus cualidades, posición económica y talante podría ser un buen partido para las jóvenes casaderas de la villa.

La familia Morazán, si no era totalmente rica, era acomodada, tanto como podía serlo el hogar de un próspero comerciante criollo al que respetaban y apoyaban las autoridades coloniales por pagar religiosamente los impuestos sin protestar ante las continuas contribuciones extraordinarias que los peninsulares exigían para luchar contra los enemigos de la Corona. Don Eusebio se esforzaba trabajando en el comercio y era fiel cumplidor de las leyes. No olvidaba que, aun siendo un criollo, tenía sangre italiana, y cualquier indisposición con el sector oficial le podía perjudicar.

Doña Guadalupe andaba en los cuarena y siete años; pero conservaba su hermosa y elegante juventud florida. En su cabeza brillaban algunos hilos de plata que acentuaban su porte altivo y digno. Hija del matrimonio Quesada-Borjas, era muy apreciada en las sociedades de San Miguel de Tegucigalpa y de Comayagua, capital de la provincia. Católica militante, practicaba la caridad cristiana sin aspavientos y las congregaciones religiosas conocían su generosidad. Su confesor era el presbítero Juan Francisco Márquez, anciano pero enérgico párroco de La Merced, que administró el primero de los sacramentos de la iglesia, en la pila bautismal, a todos sus hijos.

Esa noche, doña Guadalupe no obstante tener suficientes motivos para sentir el corazón contento, veía un tanto empañada su felicidad al pensar en su esposo distante ¡Qué dicha más completa si en esa Nochebuena de mil ochocientos once, se hubiera encontrado toda la familia reunida para disfrutar de la gracia de Dios! Pero, los negocios exigían sacrificios al sentimiento familiar.