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La paz y la sangre

Los sueños ponen los pies sobre la tierra

Primera Parte

1

Cierto que dos días antes, el 14 de septiembre de 1830, con motivo del ingreso de Morazán en la ciudad de Guatemala, las masas populares, dirigidas por los patriotas, habían realizado grandes demostraciones de alborozo; pero aquello fue nada comparado con los festejos que tuvieron lugar cuando el gran jefe unionista tomó posesión de la Presidencia de la República de Centro América, un día después de las celebraciones del noveno aniversario de la independencia nacional.

Las plazas y calles, los exteriores de los edificios públicos y de las viviendas particulares de la ciudad se veían engalanados con banderas federales, flores, ramas de pino, hojas de palmera y letreros alusivos.

La gente se echó a la calle. Las personalidades políticas, sociales y la parte del clero no reaccionaria, se aglomeraron en el Palacio del Congreso Federal para presenciar el acto trascenden­tal en la mañana efervescente. Las mujeres, con sus largos trajes de pomposos miriñaques y tiránicos corsés, ponían su elegante presencia mientras se protegían del sol con sus graciosas sombri­llas de seda. También se veían por doquier sombreros de copa, levitas, corbatas, pues no podían faltar aquellos elementos pertenecientes a las clases de los criollos y los mestizos, cuyos ideales se concretaban en la figura de Morazán. Además, se advertía el bizarro colorido de los uniformes militares y la concurrencia de muchas bandas de música.

—¡Viva el Presidente Morazán!

—¡Viva Francisco Barrundia!

—¡Viva la Unión de Centro América!

El pueblo no lanzaba mueras a nadie. La felicidad de este triunfo cívico nublaba el ingrato recuerdo de los retrógrados, aristócratas, colonialistas y sacerdotes, fanáticamente reac­cionarios. En la nueva etapa únicamente había ojos para mirar y admirar el panorama de sus grandes anhelos de libertad y progreso.

Como a las nueve de la mañana, cuando ya estaban reunidas en el Congreso las diputaciones federal y estatal de Guatemala, las autoridades ejecutivas, los militares y los eclesiásticos, se presentó el General Morazán llevando del brazo a su esposa, doña María Josefa. Ni siquiera habían utilizado el carruaje oficial. Llegaron a pie, en compañía de algunos jefes del Ejército y amigos de Morazán que iban a ser colaboradores cercanos en su Gobierno.

Morazán vestía levita negra y pantalones a rayas, zapatillas de charol, también negras, guantes de suave tono carmelita, sombrero de copa, corbata blanca de seda. Sin afectación, su sonrisa sencilla y sus pupilas amigables le ganaban el aplauso espontáneo de las muchedumbres. Doña María Josefa llevaba una especie de túnica romana azul, con cinturón, de larga cola que recogía elegantemente en su brazo izquierdo, mientras daba el derecho a su esposo. Su cuello sobresalía por la gola prendida de su hombro derecho con un botón nacarino y sobre el pecho encarnado, pendía una cadenita de oro con un medallón. Dos aretes en forma de triángulo y un peinado alto, con sedosos bucles, daban a su cabeza la distinción que requerían los bondadosos ojos, la nariz recta y la perenne sonrisa en sus labios rosados y finos, sin pintura alguna.

—¡Qué pareja!

Murmuraron algunas mujeres cuando les vieron pasar, encabezan­do el cortejo, entre una valla de jóvenes militares con las fulgentes espadas en alto, desde la calle hasta la presidencia. Había miradas de envidia, pero predominaba la admiración.

A las puertas del Congreso les esperaba una comisión de recibo compuesta por el doctor Barrundia, el señor Enrique Lorenzana, don Pedro Molina y don Alejandro Marure. La Banda Federal ejecutó el Himno de Centro América y en el amplio salón de sesiones la concurrencia, puesta de pie, los recibió con aplausos. Morazán saludaba con la diestra desde la mesa del presídium.

Habían llegado delegaciones de los cinco Estados de la República. Grandes banderas exornaban el salón; entre ellas, la del Ejército Aliado Protector de la Ley.

Morazán se sentía emocionado, pero también cohibido ante las demostraciones. En su pensamiento, repetía: “¡Qué feliz sería si mis padres lo presenciaran!” Y viendo aquella multitud de hombres de pro de todo Centro América, rememoraba su casona familiar y aquel día triste para él cuando fue clausurada la escuela de Gramática Latina impartida por el cura José Antonio Murga y estimulada por fray Gabrielín en el convento San Francisco de Tegucigalpa. Había sido su más alta escuela, pero fue cerrada por fray Antonio López que no deseaba que la juventud criolla saliera de la ignorancia colonial. ¡Qué lejos estaban aquellos días en que, por no tener “limpieza de sangre”, como José del Valle, Dionisio de Herrera y otros, tuvo que irse a Morocelí a ayudar a su padre detrás de un mostrador, y no al colegio y la universidad como deseaba!

El Presidente del Congreso lo apartó de sus recuerdos cuando le pidió jurase con la mano sobre la Constitución, el cumplimiento de ella como Presidente. Con la voz trémula, dijo:

—¡Juro, en el nombre de Dios, cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes de la República Federal de Centro América! ¡Juro, dedicar mi vida al triunfo de la Justicia, del Progreso y del Derecho! ¡Juro, mantener impoluto nuestro lema de Dios, Unión, Libertad!

El delirio de los patriotas estalló en aplausos. Los vivas a la patria y al joven Presidente estremecían los viejos muros del Palacio construido por la derrotada aristocracia.

Recobrado el silencio, se adelantó el presidente del Congreso, señor Lorenzana —apuesto, canoso, emocionado, y dirigiéndose a Morazán, leyó su salutación—. El pensamiento del patriota liberal, el sentimiento y los anhelos de todos los Estados y sus pueblos.

—El décimo año de nuestra independencia —dijo Lorenzana—, ha venido a ser la segunda época constitucional de la República. Si se cuentan los años transcurridos, la hallamos atrasada, pero no es éste el modo de mirar en los fastos de una nación. Los grandes hechos fijan las fechas que se perpetúan en la historia, y son los que dan a los pueblos su esplendor. Dos, principalmente, carac­terizan nuestra edad. La noble espada de dos filos del guerrero patriota que batió a derecha e izquierda el fanatismo y la tiranía; y conservando las instituciones que se dio el pueblo soberano al sacudir el yugo de la dependencia, selló con sangre la soberanía nacional.

El presidente Lorenzana fue explicando la significación que tenía el hecho de que un patriota como Morazán fuese electo libremente por el pueblo. Recordó los acontecimientos históricos de la independencia y la actitud de los falsos republicanos que habían pretendido levantar la bandera de la religión contra la Patria Grande e hizo hincapié en lo que el pueblo ahora esperaba de Morazán, como jefe de un régimen que tenía por bases la libertad, la igualdad y la seguridad de los ciudadanos. Su discurso fue premiado con una salva de aplausos y los dos presidentes, legislativo y ejecutivo, se estrecharon en un fuerte abrazo.

Le siguió en el uso de la palabra el intelectual Alejandro Marure quien alabó, en nombre de la Asamblea Legislativa del Estado de Guatemala, al joven gobernante y le ofreció la cooperación del Estado para el mejor éxito de la administración que comenzaba. Hubo nuevos aplausos y cuando éstos cesaron y todos los ojos se dirigían al General Morazán éste se puso de pie. Sus mejillas estaban un tanto empalidecidas por la emoción.

—Ciudadanos —dijo—, los centroamericanos han practicado uno de los actos más dignos de su soberanía, nombrando al que debe colocarse en el Poder Ejecutivo Federal, y yo tengo el honor de haber sido el depositario de su confianza. Confianza tanto más respetable y sagrada para mí, cuanto es de grande y temible a los celosos ojos de la Nación después de los inmensos peligros a que se vio expuesta en las manos del primer presidente elegido por el pueblo.

Firme, pausada, la palabra del General llegaba clara a los oídos de la concurrencia. Habló de su lucha en defensa de las libertades conculcadas; se refirió a la actitud de los curas reaccionarios que habían utilizado la religión como un arma contra la democracia.

Sintetizó su programa de gobierno en seis puntos fundamen­tales:

1) Atención a las relaciones exteriores de la república con el fin de afianzar el reconocimiento de la independencia, aumentar el comercio y proporcionar con ello la riqueza de la población. Apertura de las puertas a todo extranjero, sin discriminación, que deseara contribuir con su trabajo y su capital al avance de la Nación.

2) Se pronunciaba por la alianza de los pueblos americanos, aunque el intento del General Bolívar se hubiera frustrado en la incomprensión y expresaba su fe en que esa alianza sería beneficio­sa para el istmo.

3) La institución armada debía ser atendida convenientemente para conservar el orden interior y defender la integridad de la República, objetivos únicos de su existencia. Perfeccionaría las fortalezas y defensas de los puertos y fronteras nacionales.

4) Fortalecimiento de la Hacienda Pública, base de la estabilidad republicana, creando la correspondiente fuerza económica capaz de sostener la independencia; amortizar la deuda extranjera que tantos infortunios había creado y cancelar la deuda interna que fue necesaria contraer para la pacificación.

5) Propagar la instrucción pública creando una ley. Esto era fundamental, pues la juventud estaba en manos de la ignorancia y la superstición como herencia funesta de la colonia. La educación popular contribuiría a destruir los errores, fomentar el civismo de las masas y consolidar el sistema republicano.

6) Combatir los obstáculos que se oponían al desarrollo de la industria y proteger toda iniciativa empresarial. Y había algo de la mayor importancia: la apertura del canal interoceánico por Nicaragua, para lo cual tenían que vencerse serias dificultades.

—Si yo soy el elegido por la Divina Providencia para ejecutar los decretos que aseguren la libertad y sus derechos de un modo estable —dijo— serán cumplidos mis ardientes votos. Una ciega obediencia a las leyes que he jurado, rectas intenciones para buscar el bien general, y el sacrificio de mi vida para conservar­lo, es lo único que puedo ofrecer en obsequio a tan deseado fin. Cuento para ello con los consejos de mis amigos, con el voto de los buenos, y con la cooperación de los pueblos, cuyas virtudes cívicas y valor acreditados en las circunstancias más difíciles, han formado ya una patria para los verdaderos centroamericanos, y han dado lecciones tristes a sus enemigos, de que no se atenta contra ella impunemente. ¡Subo, pues, a la silla del Ejecutivo, animado de tan lisonjeras esperanzas!

El último en hablar fue el doctor Francisco Barrundia, Presidente provisional que entregaba el poder al nuevo gobernante. Barrundia era un patricio. Su elocuencia de tribuno gozaba de merecida fama. Y en esta ocasión expresó bellos como certeros pensamientos políticos con un realismo sorprendente.

Morazán sentía en aquellas palabras el peso y la emoción de la verdad, como si fuesen tomando forma en su propio cerebro. Doña María Josefa, sentada al frente, junto a otras damas y caballeros, jamás había escuchado un discurso con frases tan adecuadas como sublimes. Con las palabras de Barrundia concluyó el acto oficial de la transmisión del poder.

Las manos se extendían hacia Morazán en espontáneo movimiento para estrechar las suyas. Estaban presentes los pocos representan­tes diplomáticos acreditados ante el Gobierno, entre ellos el General Verveer, cónsul de Holanda y el señor Federico Chatfield, cónsul general de Gran Bretaña.

Cuando salía el Presidente Morazán del Palacio del Congreso con la cinta transversal puesta en su pecho, comenzaron a oírse las 21 salvas de artillería reglamentarias. En todos los edificios públicos ondeaban banderas. Las marchas se sucedían sin parar, estallaban vivas y hurras en el aire.

Una procesión exultante acompañó a Morazán hasta su residen­cia, que era casa pequeña, de una sola planta y una verja al frente. No tenía capacidad para albergar a los amigos que le acompañaban y que, respetuosos, se iban despidiendo ante la puerta.

Al fin, pudieron entrar los esposos Morazán y con ellos algunos amigos íntimos y paisanos, mientras afuera continuaban la música y los vivas de la muchedumbre. La alegría revoloteaba y los brindis no podían faltar. Los escasos sirvientes que habían llegado de Tegucigalpa tenían que multiplicarse para atender a los contertulios.

Más tarde, cuando los espíritus se liberaban de los formulis­mos y la camaradería se expresaba franca y desembarazadamente, uno de los jóvenes presentes, Manuel Ugarte, cuya inclinación a la poesía era conocida por todos, subió a una silla con un papel en la diestra y pidió silencio.

—¡Amigos, permitidme que os pida unos momentos de atención! ¡Siguiendo mis deseos y las exigencias de algunos de los amigos aquí presentes, como Francisco Juárez, Miguel Cubas, Zenón y Juan Antonio Ugarte y otros, he dedicado a nuestro Jefe Supremo de la República, un soneto que, os pido anticipados perdones, sepáis disculpar por lo mal hecho!

Los invitados, con las copas en las manos, guardaron silencio dirigiendo sus miradas hacia el poeta Ugarte, mientras Morazán, sonreía, junto a su esposa. Ugarte recitó:

 

Ni Ciro, Rey de Persia, ni el invicto
Alexandro, aquel grande emprendedor
que humilló de Darío el esplendor,
ni Ptolomeo el fundador de Egipto,
ni Hircano a Julio César tan adicto,
ni el mismo César, magno vencedor,
ni el hijo de Seleuco Filopátor,
ni el grande Napoleón, sabio y estricto,
sus historias de anciana tradición,
a la tuya, moderna, antepondrán,
pues la filosofía y la razón
al centro de tu historia exaltarán.
¡Tú primero serás que Washington,
y él será tu segundo, Morazán!

 

—¡Bravo, bravo, por el poeta Ugarte!

—¡Las copas en alto por su inspiración!

Morazán le estrechó la mano, riendo, y en voz baja le dijo:

—Yo sólo a los poetas les permito la exageración.

Lo decía en broma, pero era un sentimiento verdadero. Siempre esquivaba los elogios a su persona; mas, ahora, parecía que tendría que armarse de gran paciencia para escuchar las muchas alabanzas que de todo Centro América le llegaban, desde que venció a los aristócratas. En periódicos, en cartas, en hojas volantes, escribían sobre él ponderando su valor y sus virtudes.

Sin duda, el soneto de Ugarte laceró el amor propio de otros invitados, principalmente de Santos del Valle, Gregorio Contreras, León Rosa y otros tegucigalpas; porque, al momento se pusieron a azuzar al Coronel Francisco Ferrera, que ellos sabían era aficiona­do a la poesía, para que improvisara algo en loor al paisano Presidente. Mucho se hizo rogar Francisco Ferrera, pero al fin se puso a escribir en un rincón de la estancia. No le dejaron ni corregir, pues estaban deseosos de salirle al paso a Ugarte.

—¡Atención! —gritó Del Valle, que era hermano político de Morazán por estar casado con Lucía Lastiri—. ¡Atención, que Pancho Ferrera va a leer un soneto dedicado al General! ¡Pancho no solamente escribe versos con música de balas sino también sonetos con rima del corazón!

¡Qué alboroto! Era como un mano a mano de payadores. Ferrera subió a la silla y leyó:

 

Gózate hijo del Centroamericano,
gózate hijo de Honduras venturoso,
porque la patria ha puesto el más hermoso
encargo, al desempeño de tu mano.
Triunfo es contra el injusto y cruel hispano,
que dominó soberbio y orgulloso,
este suelo tan fértil y precioso
sólo digno de libre ciudadano.
Recibe el homenaje y gratitud
que os consagra el afecto referente
de aquellos que suscritos aquí están.
Recibe nuestro aprecio a tu virtud
y revive este loor eternamente...
¡Viva el máximo y justo Morazán!

 

Casi derrumban de la silla al mestizo Ferrera, felicitándolo por la poesía. Morazán le dio las gracias. Cuando lo escuchaba leer, recordaba al muchacho descalzo, huérfano y callado, que conoció en casa del maestro músico Felipe Santiago Reyes; sin embargo, ahora llevaba el uniforme de coronel y versificaba con soltura.

Más tarde los entusiasmados partidarios y amigos de Morazán se retiraron para seguir la fiesta en otros sitios de la capital.

—¡Quiera Dios que así como he recibido la Presidencia entre aclamaciones del pueblo —dijo Morazán a María Josefa— pueda mañana entregarla a mi sucesor!

Y ella, acariciándole los cabellos, afirmó:

—¡Así será mi amor, así será...!