Prólogos
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Mario Felipe Martínez Castillo

Antes de entrar a prologar la obra que se nos ha encomendado, creemos necesario hacer una serie de aclaraciones pertinentes al lector para evitar confusiones de índole histórica al momento de leer la presente obra.

Hay que recordar que desde hace mucho tiempo han aparecido una serie de escritos que se han considerado como Novelas Históricas; sin embargo, hay que aclarar que no todos los escritos que hablan de cosas pasadas pueden considerarse como tales.

Dentro de este campo de la Literatura hay que distinguir tres conceptos bien diferentes: por un lado tenemos la historia novelada; está no es más que una forma espuria, que no responde a la ciencia histórica, por estar el escrito lleno de errores históricos que nunca sucedieron; es una falta de sinceridad por parte del autor que al encontrar lagunas en la investigación que ha realizado, las llena con el producto de su imaginación, inventando personajes y hechos que hacen que la obra se aleje de la realidad. Por otro lado tenemos aquellos escritos en que el autor inventa toda una serie de personajes que históricamente nunca existieron, pero los hace moverse dentro de un marco social rigurosamente histórico, donde no hay anacronismos y los personajes situados en su propio ambiente, representan los moldes culturales característicos del momento histórico en el cual se desarrolla la obra; esto es una novela histórica. Por último tenemos la biografía, o sea la tendencia que tiene algunos escritores en explicar los sucesos como actos salidos exclusivamente de la acción de un personaje que tuvo destacada figuración en los hechos históricos que pretenden explicar.

Ahora bien, “El Señor de la Sierra” del escritor Amaya Amador nos presenta a primera vista un problema de clasificación; no nos atrevemos a llamarla una historia novelada porque se sale de los moldes que caracterizan a este género de obras; tampoco es una novela histórica, pues aunque los personajes en un cincuenta por ciento son históricamente hablando comprobados, el ámbito en el que se mueven está fuera de la realidad social, económica, religiosa, política y cultural de los habitantes indígenas del área de Cerquín; no es una biografía porque no todos los personajes que aparecen en la obra son reales, aunque en todo momento el autor presenta características biográficas por la manera en que describe los personajes.

Dejaremos, pues, que sea el lector que nos ayude en esta tarea, encomendándole que al final de la lectura pueda darle a la presente obra el marco adecuado dentro del cual pueda clasificarla.

“El Señor de la Sierra” del escritor Amaya Amador es una novela que presenta un hecho real dentro de la historia de Honduras, y digo hecho real porque lo que durante muchos años se consideró como un hecho con tintes de leyenda por la manera exagerada en que se presentaban los hechos, hoy sabemos por la reciente documentación encontrada en el Archivo General de Indias en Sevilla, que la presencia de Lempira fue real, y que junto con los Caciques Toreba de Trujillo de quien habla don Hernán Cortés, Sicumba del Valle de Sula descrito por el Adelantado don Pedro de Alvarado, y el Cacique Benito del Valle de Comayagua descrito por Cereceda, fueron quienes hicieron la resistencia armada con los respectivos indígenas de su área, contra el conquistador español entre 1525 y 1536. Por haber sido la resistencia indígena en Honduras, una de las menos cruentas pero la más larga en la historia de Centro América, ésta amerita por parte de los que escriben sobre ella, un poco de más detenimiento, explicando el sistema de organización tribal existente en Honduras al momento del contacto con los españoles, lo que dificultó la incorporación de los muchísimos grupos étnicos existentes, al patrón occidental traído por los conquistadores; es por eso que gran parte del territorio de la actual República de Honduras, sólo va a lograr su incorporación final en época del Padre Subirana, cuando el Presidente Guardiola en la década de 1860, le permite misionar entre los Payas y fundar 16 reducciones en el área del departamento de Yoro.

Cuando un escritor estudia un personaje histórico y después escribe una novela sobre él, nosotros creemos que debe presentarlo dentro de un marco más o menos histórico sin falsear la realidad socioeconómica del área geográfica, en la cual se desarrollan los hechos.

Conviene aclarar que “El Señor de la Sierra”, tal cual está escrito, no es más que una bella fantasía escrita por Amaya Amador alrededor de un personaje real; no pretende darle una realidad histórica, pues las descripciones sobre los sitios donde se realiza la hazaña, los idealiza y los hace retroceder 600 años, presentándonos a los indígenas de Cerquín dentro de una organización política y religiosa no de ellos sino propia de Los Mayas de Copán en su época de esplendor, entre los años 500 y 900 D.C. La fantasía de Amaya Amador nos presenta una sociedad estratificada, un mundo donde las princesas juegan el papel que siempre se les han asignado, rodeadas de caballeros, séquito de criados moviéndose adornadas con collares de perlas, plumas y adornos de oro; esto para darle más importancia a un grupo humano que jamás conoció la elaboración de objetos de oro y plata, que el jade sólo podían encontrarlo por el trueque que hicieran con las culturas del Norte y que las perlas por haberse descubierto en Centro América sólo a finales del Siglo XVI en el área de Nicoya, no pudieron conocerlas los habitantes de Cerquín antes de su descubrimiento.

Por otro lado, las ciudades que los españoles construyeron cercanas al área de Cerquín como Gracias y Valladolid de Comayagua, sólo fueron fundadas después de la pacificación del área en 1,536 y 37 respectivamente; sin embargo, Amaya Amador los hace aparecer como verdaderos centros urbanos con plazas, calles, casas de piedra y campanas de las iglesias que suenan al vuelo festejando la entrada triunfal que Alonso de Cáceres hace en la ciudad de Gracias, cargado de tesoros y rehenes que ha quitado a los indígenas de Cerquín.

El amor juega un papel secundario en la obra pero no por eso carente de interés, ya que nos muestra las relaciones que Lempira tiene con sus concubinas y la importancia de la princesa Izchaila, la hija del Señor de Copán, en las alianzas de los grandes Señores Indígenas. Lo mismo sucede con Alonso de Cáceres, a quien Amaya Amador lo presenta rodeado de un “harem” de concubinas, con quienes a procreado muchos hijos, mientras otras están embarazadas, todo esto sin deshacerse de su primera concubina, viviendo en una casa de piedra construida por Juan de Chávez, y que al morir éste, el Adelantado Montejo, se la cede. El número de concubinas no le impide que se enamore de una dama de compañía, de Doña Felicidad de Cuernavaca, quien llegó por esos días a Gracias para contraer nupcias con el Adelantado de Yucatán. Amaya Amador considera más fácil manejar a estos hombres con tales características, y no con su verdadera personalidad, ya que tanto Montejo como Alonso de Cáceres eran hombres adustos, casados y con hijos españoles. Sólo en el caso de Alonso de Cáceres, para poner un ejemplo, vemos que estaba casado, con una dama española de la estirpe de los Guzmán, Doña Elvira, con la cual procreó varios hijos, habiéndole sobrevivido después de su muerte los siguientes: Doña Teresa, Doña Elvira, Doña Juana, Don Alonso, Don Lope y Don Alvaro, a quienes el Rey dio una pensión debido a su mucha pobreza. Lo mismo sucede con el Adelantado Montejo, que para que pudiera dotar a su hija, Doña Catalina, a fin de que contrajera nupcias con el Lic. Maldonado (Primer Presidente de la Audiencia de los Confines fundada en Gracias en 1542), Don Pedro de Alvarado le perdona una deuda que con él había contraído, y le cambia a Montejo toda la provincia de Honduras, por una encomienda que Alvarado tenía en México.

Para que la novela no pase de ser una fantasía, Amaya Amador pone en boca de los españoles expresiones como: ¡por San Jorge! (patrón de los ingleses y no Santiago que es el de los españoles); lo mismo hace figurar en Gracias a los frailes Jerónimos, que de todos es sabido nunca llegaron a Honduras, y si los Mercedarios que tanto hicieron por el área de Gracias, fundando conventos como el de Gracias y Tencoa.

Para no comprometerse con una etnia definida, hace aparecer en la ciudad de Gracias a Dios a prisioneros Xicaques, Payas y Caribes, cuando bien sabemos que los primeros fueron conquistados después de años de lucha en la región de Olancho y Nueva Segovia, en la segunda mitad del Siglo XVII, y los Caribes de la Costa ya habían sido diezmados en las dos primeras décadas del Siglo XVI.

El soldado español que realmente dio muerte a Lempira en batalla, cuerpo a cuerpo, fue Rodrigo Ruiz, quien según su propia declaración hecha en la Audiencia de México en 1560 y ante testigos, entre quienes se encontraba Doña Catalina, la hija de Montejo, que estuviera en Honduras al momento de la pacificación del área de Cerquín, asevera “ser él y no otro el que trajo de paz la provincia de Cerquín al dar muerte a un señor de la tierra llamado Elempira que traía revuelta a toda la provincia”. Amaya Amador prefiere enriquecer los hechos al darle un carácter de asesinato e inmiscuir en él al Capitán Cáceres acompañado de dos personajes que nunca existieron como es el caso de Pánfilo de Córdova y Juan de Avila.

La fantasía escrita sobre Elempira, por Amaya Amador, es interesante porque la imaginación del autor nos hace volar a una época que es vital para comprender la violencia de la conquista de Honduras, el rechazo a la misma hecha por los pueblos indígenas, el mestizaje y nuestra ulterior cultura, producto de la fusión de dos razas tan dispares como era la de los españoles y los diferentes grupos étnicos de Honduras, que de una manera lenta pero continua lograron formar su propio sincretismo en un mundo donde los débiles siempre fueron dominados por los más fuertes.