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Destacamento Rojo

Nucleando Fuerzas

Primera parte

I

La cocina sirve también de comedor. Frente a la estufa alimentada por leña está una mesa de madera de pino, mediana, muy usada. Junto a la pared de la derecha una artesa con un molino de quebrar maíz y otros enseres. En una esquina una cómoda pintada de verde. El humo cotidiano de la leña ha puesto en la pared y en el techo una costra de hollín.

Una puerta da hacia un reducido patio barroso donde se ve un excusado de madera junto al cercado de alambre que limita la propiedad y la otra puerta opuesta une la cocina con el dormitorio pequeño donde hay dos camas de madera y una cuna, trapos y valijas acumuladas, zapatos viejos, una hamaca donde duerme un niño, estampas de revistas en las paredes encaladas.

Más allá otra habitación más pequeña que sirve de sala, donde las sillas, una mesa y un armario apenas dejan espacio para el paso de las gentes.

Alrededor de la mesa, en la cocina, sentados, están tres hombres, obreros jóvenes, pero con fisonomía avejentada debido a la falta de alimentación vitaminada y de las calorías que el organismo necesita. Dos de ellos se ven más pálidos, como si convalecieran de una grave enfermedad. Una mujer delgada y marchita con palmoteo experto hace tortillas de maíz, cociéndolas en un "comal" de barro puesto sobre la hornilla. Cuando están cocidas, aún humeantes las va poniendo en un plato sobre la mesa para que los hombres las coman en vez de pan con los frijoles y el queso del desayuno. El café negro desparrama olor grato. Dos niños descalzos, vistiendo calzones sujetados con tirantes solamente, están sentados en un banco y comen utilizando un mismo plato de latón.

- Estas tortillas sacadas del "comal" están muy sabrosas, amiga Irene -encomia Tovico Loreto, el más fuerte de los tres, mientras saborea con deleite un pedazo de tortilla con queso -¿verdad compañero Bravo?

- Estas -contesta Bravo, que es el más alto y de cutis blanco pálido- no son como las que nos zampábamos en la "Península". Más que tortillas, parecían cuero, hule, cualquier cosa, menos comida.

- Allí  al que no matan con bala, lo matan de hambre -dice el tercero, que es hombre bajo, apenas con un vello suave de bigote y es el que presenta mejores condiciones de salud.

Irene sonríe viendo con afecto a los hombres. Es mediana de estatura, lleva el cabello atado en una sola trenza. Cetrina su faz, pero con ojos muy expresivos. Nada dice sobre el elogio de Tovico, pero piensa que tanto su marido, Pedro Bravo, como su compañero Tovico, deben haber sufrido mucho en la prisión. Suspira con elocuente manifestación de gozo por verles en libertad.

- Tuvo suerte el compañero Diego -dice Pedro-. Es mejor andar emigrado, aunque sea como ave sin nido, que caer en manos de estos brutos reaccionarios. Si los sacrificios físicos son muchos, las torturas morales lo destrozan a uno por dentro.

- Yo comprendo, camarada Bravo -interviene Diego, saboreando a pequeños sorbos el café caliente-. Tienes razón. Aun aguantando hambres en el exilio, resulta más favorable que la cárcel.

- Cuando un obrero cae en chirona -expresa Loreto- la justicia se olvida de uno y los esbirros se ensañan. Estos años que hemos pasado en la "Península" han sido muy dolorosos.

- Bueno -acota Bravo con palabra optimista-, pero ya pasaron. Ahora hay que ver hacía adelante. Nuestras mujeres, nuestros hijos, han soportado la prueba. ¡Tenemos que rehacer la vida!

- Y seguir luchando -concluye Tovico, guiñando un ojo-. Lo pasado está enterrado.

- ¡Pero, por favor -pide Irene suplicante-, estén tranquilos un tiempo, que no los vuelvan a encarcelar pronto! -y, acercándose a la mesa:- ¿Creen ustedes que es fácil verse una sola, sin un apoyo y con tres hijos de pan en mano que reclaman comida? ¡Si yo les contara los días que he pasado..!

- Tiene razón Irene -apoya Diego-. Es muy duro para una obrera quedarse sola con sus tres hijos tan "chigüines", pero también es razonable pensar que de nuestra lucha depende el futuro de los hijos.

- El futuro... -repite la mujer pensativa.

Esa palabra la hace reflexionar. Mira a los dos niños que están quietos, entristecidos por el paludismo. Mira la hamaca donde duerme el menor y luego vuelve la vista hacia su marido Pedro. Sí, ellos tienen razón. Irene piensa que ha dicho una tontería en presencia de los compañeros. Tovico es padre de familia y sabe de estas cosas. Diego Lino está soltero, mas es de sentido común comprender. No, seguramente ella ha dicho palabras inconvenientes, pues en verdad el futuro es muy interesante para sus hijos. Vuelve hacia la hornilla pensando en ellos y en su precaria situación.

- Irene ha dicho eso sin pensar -dice Pedro, limpiándose la boca con su pañuelo-. Ella sabe muy bien que para obreros como nosotros ningún sacrificio puede apartarnos de la lucha. ¿Acaso ella misma durante este tiempo malo, no ha realizado buenas tareas por la causa? Ha efectuado misiones peligrosas y burlado a la policía. ¿Por qué se expuso? La podían haber metido en la cárcel también y sin embargo, lo hizo. -Y, dirigiéndose a ella: -¿Por qué te arriesgaste tanto, Irene?

Ella hubiera querido decir "por ustedes, por nuestros hijos", y, no obstante, apenas murmuró:

- ¿Yo? Pues... -Se detiene vacilante y confundida- pues, porque sí.

Los hombres sonríen y la mujer también. Levanta los platos del servicio y los va colocando sobre la artesa para lavarlos. Uno de los niños llega a reclinarse en las piernas del padre y el otro lleva el plato vacío a la madre. Este, además del paludismo, tiene parásitos intestinales que ya le deforman el vientre.

Es temprano de la mañana, casi el amanecer, aún hay nieblas en las cúspides de los cerros capitalinos. Por la calle pasan hombres que van a sus trabajos con paso acelerado. Es un barrio obrero, una barriada en El Bosque, la parte más alta de Tegucigalpa. Cerca de ahí comienza el imponente cerro El Picacho, que se presenta como cortado a pico por ese lado frente a la ciudad. Descendiendo un poco de El Bosque, está el barrio La Leona con sus calles empedradas y barrancosas y, más abajo, la parte céntrica de la capital hondureña, que está formada por dos ciudades gemelas y disímiles: Tegucigalpa y Comayagüela. Aquí, en El Bosque, las viviendas están construidas en la falda del cerro y hay por las calles aún sin pavimentar muchas piedras y hierbas, algunos zanjos profundos labrados por las corrientes de las lluvias. Pedro Bravo alquila esa casita; es relativamente barata por estar en zona suburbana e insalubre; solamente cuenta con agua potable, pues por allí pasa la cañería central que viene por El Picacho desde la montaña La Tigra para abastecer a la capital.

Pedro Bravo es albañil y carpintero. Con muchos otros trabajadores de la construcción viene luchando por conquistar derechos obreros. Los gobiernos feudales, proimperialistas, que hace muchos años acogotan al pueblo hondureño, reprimen todas las actividades sociales. Están prohibidos hasta los sindicatos y los califican de comunistas. Pedro y Tovico fueron puestos prisioneros más de dos años antes con otros compañeros por dedicarse a la organización clandestina de los obreros capitalinos. Y ha sido hasta un par de días antes que les pusieron en libertad.

Tovico es ferrocarrilero. Manejaba en un tiempo una locomotora de la Compañía bananera en la costa norte; tuvo un accidente y lo pusieron preso en Puerto Cortés. Con otros reos lograron ser rescatados por los muelleros y el pueblo cuando los enviaban al Castillo de Omoa. Así quedó en la clandestinidad. Pasó a Tegucigalpa a trabajar con los obreros revolucionarios y volvió a caer preso. Su mujer, su hijo, su padre, están en Puerto Cortés. Ahora, en libertad, se dispone a retornar al norte.

Diego Lino es también un obrero, un electricista que trabajó en los puertos y en Lima para la misma compañía yanqui. Cuatro años antes habían celebrado clandestinamente el Primero de Mayo en una finca bananera. Diego era ya dirigente revolucionario. Se enteraron las autoridades de la empresa y mandaron a capturarlos debido a una indiscreción de un fotógrafo a quien decomisaron fotografías del mitin. Diego Lino y otros "campeños" lograron esquivar la escolta y salir del país hacia Guatemala, donde las libertades democráticas eran garantizadas. Pasó el tiempo y ahora, recientemente, había ingresado al país, también por la misma vía clandestina que había salido. Las autoridades no lo han perseguido y eso se debe a que el gobierno quiere aparecer como democrático y conciliador y ha permitido el retorno al país de muchos exilados liberales, e, incluso, a varios de los dirigentes de ese partido les ha llevado a ocupar puestos administrativos. Diego ha sabido aprovechar esta coyuntura, aun cuando él no pertenece al Partido Liberal. Desde su regreso ha residido en casa de Pedro Bravo y fue uno de los que entablaron la última fase de la campaña popular para obtener la libertad de los obreros encarcelados sin proceso.

Han dejado el comedor y se sientan en la sala. Dos valijas están junto a la mesita. Loreto, pregunta:

- ¿De manera que el Partido Democrático Revolucionario está totalmente liquidado?

- No, no,  no. Liquidado no es el término justo -contesta Diego-. El PDR continúa, pero se ha escindido y esto puede ser causa para su extinción. Las contradicciones ocurridas en su seno entre la pequeña burguesía y la clase obrera, se han agudizado. La división es un hecho real. Ya en la filial de Guatemala, integrada por exilados, ocurrió el choque ideológico. Las derechas se han separado del partido y quizá no vuelvan más.

- Eso tenía que suceder tarde o temprano -repara Pedro, de pie en la puerta y de espaldas a la calle. Es alto y casi roza el dintel con su cabello lacio. Cuando habla se nota la ausencia de varios dientes en el maxilar superior-. Es difícil que la burguesía y clase media mantengan la unidad con la clase obrera, de no ser que ésta se avenga a seguirlos como apéndice.

- Sucede también -agrega Lino- que tienen aún el prejuicio de los calificativos. Desde que la compañía y el gobierno han calificado al PDR de comunista, comenzaron a retroceder. Varios profesionales que principiaron con muchos bríos, se han ido apartando con diversos pretextos. En el fondo es por el temor de que los fichen como comunistas. Por otra parte -continúa Diego, pasando su expresiva mirada de uno a otro de sus amigos- la división se debe a que la clase obrera no puede seguir metida en un marco político tan estrecho como el PDR.

- Di mejor los obreros revolucionarios; serías más justo -intercala Tovico-. Y eso es natural. Cuando los obreros logramos conocer un poco de política, de la lucha de clases y otros asuntos de importancia, vemos que en ningún partido burgués o pequeño burgués, por muy de izquierda que sea, podemos caber con justeza. Por ello es imprescindible la organización de nuestro partido de clase. Así no andaremos arrimados a nadie.

- Verdad. Eso no se discute -afirma Lino-. Pero debemos reconocer también que en el descenso del PDR nosotros tenemos mucha responsabilidad. Sabemos que no es nuestro partido de clase, que es un partido de unidad nacional, policlasista, y no obstante hemos pretendido que tome posiciones y enrumbamientos marxistas. Esto es obrar con sectarismo ciego. ¿No les parece? Perdimos de vista la realidad, la composición de clase del partido, su propio programa.

- Y sobre esos yerros -agrega Pedro- sumemos la represión dictatorial. ¡Imposible que superviva así! La burguesía no soporta palos como soportamos nosotros.

- Es una buena experiencia, camaradas -dice Tovico, encendiendo un cigarrillo-. Ahora vamos a rectificar esos errores y a obrar con objetividad. Debemos apoyar al PDR, pero primordialmente poner nuestros esfuerzos para organizar nuestro partido obrero.

- Oye, Pedro -dice Diego, levantándose- como que viene un carro. ¿Será el licenciado?

Pedro se vuelve rápido y mira hacia la calle por donde se oye el rumor de un vehículo.

- El es: viene puntual.

Un jeep verde oliva sube la calle y se detiene frente a la casa. Lo conduce el licenciado Neto Brener, quien es un hombre joven, robusto y moreno; lleva puesta una chaqueta de cuero. Le acompaña Andreo Neda, obrero también de la construcción. Bajo, menudo de carnes, moreno y risueño, parece andar siempre de buen humor. Brener apaga el motor y con su acompañante bajan, y se dirigen a la casa.

- ¿Están listos, camaradas? -La voz de Brener es fuerte y alegre, y da una palmada en la espalda de Bravo.

- Hace mucho -contesta Tovico-. Madrugamos.

- Ya es costumbre de ustedes -señala Andreo con cierta ironía.

- Claro -aprueba sonriente el licenciado-. Estos dos están acostumbrados a levantarse muy temprano. En la penitenciaría les hacen estar en pie antes de amanecer.

- Sí, hombre, y con los fríos de noviembre nos hacían meternos a la ducha a la fuerza.

- Y los malditos -agrega Pedro- nos hacían regar agua en el piso para que no pudiéramos ni acostarnos.

- En cambio, en verano, hasta el agua para beber era racionada.

Andreo saca las dos maletas y las coloca en el vehículo. Irene viene de la cocina. Se saludan con el abogado y Neda. Los chicos mayores vienen atrás, moqueando.

- ¡Compañera Irene -se despide Diego, abrazándola-, cuide bien a los "cipotes"!

- A los "cipotes" y al camarada Pedro, que se recupere pronto -dice Tovico, también abrazándola-. Y no olvide que luchamos por el futuro de nuestros hijos.

- No lo olvidaré. Que tengan buen viaje. Saludos a Mirtha y a don Simón.

- Camarada Pedro: todo lo hemos discutido y planeado -expresa Diego Lino- así que ahora: la trabajar! ¡Hay que inyectar dinamismo a los demás compañeros!

- No se preocupen. Todo se hará como deseamos. Tengan cuidado con ese comandante de Lima, sigue reprimiendo con violencia.

Tovico, Diego, Andreo y Brener suben al jeep, dos adelante y dos atrás. Ronronea el motor y comienza a bajar por la calle saltando en los baches y piedras. Desde la puerta de su casa les saluda Pedro y su mujer. El sol mañanero se levanta esplendoroso. Desde El Bosque la ciudad se contempla maravillosamente. Allá, abajo, están los tejados rojos, las azoteas, los campanarios de las iglesias, los parques, el cinturón del Río Grande y sus puentes, el estadio nacional y, más lejos, al sur, el aeropuerto internacional Toncontín. Las ciudades gemelas tienen muy pintorescos panoramas por estar entre cerros y en las propias faldas de los cerros.

El jeep cruza las calles bajando de La Leona por La Pedrera hasta La Fuente. Deja las angostas vías de Tegucigalpa y, por el puente Mallol pasa a Comayagüela. Aquí las calles son anchas y planas y su población más democrática. Van hasta la empresa de transportes "Alvarez". Al frente de la misma dos autobuses se encuentran listos para partir. Otros han salido ya. Los pasajeros están subiendo y ocupando sus respectivos puestos numerados.

- Llegamos a la mera hora -dice Brener-. Saludos para Rotundo García y dile que haremos todo lo posible por salir adelante.

- Y que dejen de pensar tanto en el PDR -agrega Andreo para pensar en lo nuestro. Después podremos ayudarles mejor.

Diego y Tovico entregan sus valijas al ayudante del conductor del autobús, quien las coloca sobre la capota donde hay otras maletas. Estrechan la mano a sus amigos y suben al vehículo. El chofer es amigo de Diego y lo saluda. Se oyen muchas voces y las despedidas cariñosas.

- ¿A qué hora llegaremos a San Pedro Sula? -pregunta Diego.

- Todo depende del camino -contesta el chofer-, la carretera está pésima. Ya la verás.

El autobús parte buscando la salida de la ciudad por la carretera del norte. El día está fresco y agradable y los viajeros se sienten satisfechos. El chofer conecta la radio y, sobre las voces, ameniza una música alegre y tropical.