Prólogos
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Longino Becerra

Segunda edición

 

La novela “Constructores” de Ramón Amaya Amador, se escribió y publicó en 1958. La edición fue de pocos ejemplares, por lo que muy escasos hondureños tuvieron la oportunidad de conocerla. Era necesario, pues, reeditar este libro, ya que se trata de uno de los mejores trabajos del conocido escritor de Olanchito. Esa tarea asumimos precisamente hoy dentro del esfuerzo que nos hemos impuesto de divulgar la vasta creación literaria del más conocido escritor hondureño.

“Constructores” es una novela que se inscribe dentro de la corriente literaria del realismo. Esta escuela, según se sabe, toma la realidad como punto de partida de la creación estética, sin introducirle más modificaciones que las exigidas por el acomodamiento del mensaje previsto por el autor. Dicho de otra manera, en el realismo los hechos hablan por sí solos, limitándose el novelista a presentarlos dentro de una estructura lógica accesible a quienes se aproximan a la obra.

De todos los libros de Ramón Amaya Amador —podemos afirmarlo sin temor a equivocarnos— el más realista es precisamente “Constructores” Esta novela tiene como materia básica la vida de los albañiles de la capital durante un período histórico bien concreto de Honduras: desde 1948 hasta 1958. Por ello, al contar las peripecias de esos hombres, como parte de la creación propiamente novelística, Amaya Amador describe y analiza los sucesos políticos que tuvieron lugar durante la década antes referida, y lo hace apegado estrictamente a los hechos.

Pero entonces ¿en qué consiste el aporte novelístico del escritor? Consiste, a nuestro juicio, en el desarrollo de dos factores bien significativos: imaginar las vivencias de los personajes y caracterizar éstos dentro de un modelo personal prototípico. Naturalmente, los protagonistas son también reales, sobre todo el principal Andreo Neda, quien encarna al conocido dirigente popular Andrés Pineda. En ambos elementos —vivencias y caracterización sicológica— Amaya Amador demuestra innegables facultades creadoras.

La vida de esos albañiles es realmente dramática y angustiosa. Lo fue así en el pasado y continúa siendo así ahora. El trabajo de los mismos constituye uno de los más duros, con un “sol bruto sobre las cabezas y un abismo de peligros a los pies”; con el flagelo de unos capataces despiadados, para quienes lo que importa es el “ritmo de la obra”; con unos salarios de centavos como único ingreso para alimentar a muchos miembros de una sola familia, en fin, con un régimen de trabajo que reprime la organización, no indemniza a nadie y desconoce la seguridad social. Por eso, cuando el viejo Pantaleón Puerto pierde a uno de sus hijos en un accidente, exclama acusador: “¡ellos lo mataron, ellos, y, así como a Gustavo, también los matarán a todos ustedes!”

Estas vidas se encuentran tan acorraladas por el sufrimiento y la injusticia que incluso el amor, ese refugio de esperanza en muchos momentos difíciles, toma aquí formas trágicas. A Susana, secretaria en una compañía de construcción, la burla con descaro uno de los socios; y Florindo, albañil de gran empuje en las obras, se enamora de una mujer que muere agostada por la tuberculosis cuando aquél esperaba realizar sus viejos y entrañables anhelos. Eso lo lleva a la bebida y a volverse un hombre descreído.

En lo que se refiere a la caracterización sicológica de los personajes, Amaya Amador logra en esta novela magníficos resultados. Entre las figuras mejor definidas se encuentra el viejo avaro Tomás Manrique, cuyo “grande y único amor era el dinero”. Este sujeto se complacía, igual que el tonelero Grandet de que nos habla Balzac, en meter las manos dentro de zurrones repletos de monedas y en contar billetes de banco sin que hubiera razón para ello. Don Tomás, calculador y frío hasta la náusea, es el propietario de los mesones inmundos donde transcurre el drama vital de los “constructores”.

Otro de los personajes delineado con maestría por Ramón Amaya Amador en esta novela es el abogaducho Poncio Rosal, encargado primero de cobrar los préstamos usurarios de Tomás Manrique a las vendedoras del mercado, y metido, después, al sucio trabajo de estafar sindicatos por medio de fementidas asesorías. El rasgo más relevante de este personaje es el cinismo, demostrado por él en todas sus actuaciones y al que el novelista sabe darle su justa dimensión.

El escenario geográfico en donde transcurren estas vidas martirizadas es Tegucigalpa. Amaya Amador pinta la ciudad con toda exactitud, sus barriadas, sus colonias residenciales y los cerros que la circundan. A este respecto es interesante la descripción que hace el autor de la capital hondureña desde el mirador de El Picacho: la lejana aldea de Suyapa, el aeropuerto, el Estadio Nacional, las iglesias, los edificios mayores, etc. Por supuesto, la capital de que nos habla el escritor es la de su tiempo, todavía reducida a un ámbito muy estrecho y sin los pujos modernizantes que aparecerán después.

En cuanto al marco temporal, como hemos dicho anteriormente, éste comprende una década: la que va desde 1948 a 1958. Durante ese lapso se produjeron varios hechos políticos de singular importancia en Honduras. Los más destacados de ellos son los siguientes: la caída de la dictadura de dieciséis años impuesta por Tiburcio Carías Andino y el advenimiento de un régimen constitucional; la gran huelga bananera de 1954; la ruptura del orden jurídico ese mismo año y el surgimiento del gobierno de facto encabezado por Julio Lozano Díaz; y, finalmente, las luchas de masas y el golpe de Estado que dieron en tierra con el régimen julista. De estos sucesos nos habla Amaya Amador en “Constructores” y lo hace con rigor, no obstante tratarse de una novela.

Toda esta materia es tratada utilizando una prosa sencilla, espontánea, sin rebuscamientos intencionales ni trucos preconcebidos. El relato es lineal, no se dan en él cambios de tiempo ni de escenario. Tampoco se hacen alardes intelectuales a lo largo del discurso, lo que es congruente con el estilo literario de Amador. En cambio, sí debe hacerse constar que en este libro, más que en cualquiera de los suyos, el novelista hace uso muy abundante de los hondureñismos y de las expresiones folklóricas. Ello se debe, como es lógico, al grupo social a que pertenecen los personajes involucrados en el relato.

Por último debemos preguntarnos, ¿cuál es el mensaje que nos transmite Amaya Amador a lo largo de estas agitadas páginas? Su más visible interés consiste en demostrar la importancia de que los trabajadores se organicen para luchar mejor en defensa de sus intereses gremiales. El sindicato es, según el novelista, el instrumento más adecuado para lograr dicho propósito. Por eso, con el fin de relievar la organización antes dicha, Amaya la contrasta con los grupos mutualistas, cuya finalidad, como bien se sabe, es fomentar la ayuda social entre sus miembros y no dirigir la acción reivindicativa de quienes los forman.

El libro, por lo tanto, como todas las obras del magnífico escritor de Olanchito, no abandona el compromiso ni la militancia. “Constructores” no es una novela gratuita, dirigida sólo a entretener los hastíos de quienes desfallecen en el aburrimiento. Este libro se propone educar políticamente a quienes va dirigido: las masas trabajadoras de nuestro país. Por eso al retratar la asfixia social en que se encuentran esas masas, siempre les dice con voz firme y segura que las cosas cambiarán únicamente cuando ellas se decidan a ponerle fin a la injusticia. Entonces —proclama el escritor— “quienes hoy construyen palacios y no tienen ni una choza donde vivir, se convertirán en los dueños de lo que legítimamente les corresponde”.