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Memorias de un canalla

Prólogo

Con estridente ruido de frenos un automóvil azul se detuvo frente a la casa de departamentos Yúdice que se erguía, con su moderna arquitectura de bloque, frente a los terrenos del Hospital Municipal en el extremo sur de la ciudad. Del vehículo saltaron tres hombres jóvenes. Uno de ellos de mediana estatura y robusto, con anteojos oscuros, llevaba una pipa entre los labios sin duda apagada porque no despedía humo. Los otros dos más altos llevaban carteras de cuero color marrón.

El doctor Jayme Rodas, que había piloteado el automóvil, cerró con fuerza la puertecilla y puso llave, guardándosela en el bolsillo. Usaba también anteojos pero transparentes, con aros de carey negro; el traje gris de corte elegante hacía resaltar más su sencilla pero bien formada figura. Prominente y firme era su mandíbula inferior en la que se dejaba una perilla negrísima como vértice inferior al triángulo de sus bigotes gruesos. Los ojos de mirada aguda, penetrante, inquisidora.

—¿Traes contigo el cuaderno de notas, Eudoro? —preguntó antes de avanzar hacia la casa, con una voz timbrada y viril.

—Natural, aquí la traigo. —Contestó Eudoro Raudales mostrando la carpeta que llevaba en la diestra. Su palabra pausada era suave.

Eudoro Raudales, el otro joven alto, en vez de levita llevaba puesta una chaqueta de cuero con abotonadura de zipper sobre la camisa blanca; la corbata de tono suave iba negligentemente informal, así como el cabello lacio despeinado por su natural rebeldía a la doma de todo peine. Ojos grises en un rostro moreno, simpático, amigable, sin bigote. Sus manos poderosas manifiestan vigorosidad.

Eudoro se dirige al de los anteojos oscuros con entera confianza:

—Compañero Durán, ¿avisaste a la redacción de Tribuna Popular que no llegarás esta noche? Porque considero que la lectura de este manuscrito nos llevará varias horas.

—Hablé al director por teléfono —manifestó Luis Durán— puedo disponer de toda la noche, si gustas. Además, aunque no tuviera permiso, no perdería la oportunidad de conocer esas anotaciones del ex Ministro Mariné, tengo mucho interés, Eudoro.

Cuando Luis Durán hablaba su rostro adquiría una expresión de júbilo y denotaba poseer muy buen humor y ser una de esas personas que con mucha dificultad se disgustan.

Los tres, esquivando el paso de los vehículos, atravesaron la ancha calle. Por las aceras cruzaban muchos peatones en ese atardecer otoñal. Algunos saludaron a los jóvenes con deferencia y, antes de llegar a la amplia puerta de los departamentos, se vieron rodeados por un grupo de personas del pueblo que hacían preguntas.

—¡Doctor Rodas! —llamó una mujer.— ¿Es cierto que el Presidente ha aceptado los puntos de vista del Frente Patriótico?

—Es verdad, señora. Mañana tendremos una nueva reunión con él.

—¿Se ha comprobado, doctor —preguntó un señor de edad madura que llevaba una niña de la mano— si es cierto que el ex Ministro del Interior intentó dar un Golpe de Estado la noche de su destitución?

—Eso es lo que dijo la prensa oficial —explicó Eudoro— pero no tenemos ninguna confirmación concreta. Pueden ser especulaciones.

—En Tribuna Popular —señaló el periodista Durán— encontrarán infor­mación al respecto.

—¿Considera usted, doctor Rodas, que insistan en la firma del Pacto?

—No insistirán, al menos durante un tiempo. Para evitarlo están ustedes, nosotros, todos los que hemos defendido la paz de la nación con nuestro esfuerzo común. Mientras sigamos unidos, no habrá peligro.

—¿Y nos subirán los precios del mercado? —se preocupó una señora robusta de ojos muy hermosos.

—Los precios han quedado congelados, no habrá alza, señora.

—¡Gracias a Dios!

Lograron desprenderse del grupo de personas y entraron al porche del edificio con oportunidad para tomar el ascensor que los llevó hasta el cuarto piso. Por un pasillo angosto fueron hasta el departamento “F” que era la residencia particular del joven médico cirujano.

Rodas abrió la puerta entrando los tres al departamento que tenía varias habitaciones amplias y cómodas: sala, dormitorios, biblioteca, comedor, cocina. Los servicios sanitarios estaban a la izquierda del comedor. El amueblado no era lujoso pero sí confortable y de muy buen gusto.

En las paredes del salón había cuadros de artistas conocidos y varias fotografías grandes en las que aparecía el doctor Rodas en diferentes aspectos de su vida pública. Se denotaba que era un hombre prominente o al menos, de mucha popularidad. Lo más interesante era su amplia biblioteca, propia de un hombre estudioso como lo era el doctor Rodas, considerado, a pesar de no contar todavía ni cuarenta años, como uno de los científicos más distinguidos del país.

Los tres amigos conversaron con entera confianza. Eudoro corrió los cortinajes de las ventanas de la biblioteca y la luz del atardecer penetró en raudales dorados, poniendo alegría en la habitación. El médico y el periodista se desprendieron de las levitas poniéndose cómodos, Eudoro les imitó quitándose la chaqueta. Discutían sobre cuál lugar de la casa sería mejor para dar lectura al manuscrito que Eudoro había sacado de su carpeta y entregado a sus amigos. Durán lo hojeó con expresivo interés. Se quitó los anteojos oscuros palpando con inquietud el cuaderno en cuya primera página tenía con grandes caracteres un nombre: FEDRO MARINE. Había una fecha pero muy borrosa.

—Aquí en la biblioteca, estaremos bien.

—Yo prefiero el comedor —dijo Eudoro sonriente— porque cerca queda la cocina y puedo preparar café.

—No te preocupes, del restaurante nos traerán la cena y con buena provisión de café.

Los tres se instalaron como mejor gustaron en la biblioteca. Luis Durán con el cuaderno en las manos, seguía demostrando tanto interés como si tuviera un tesoro. Le daba vueltas y más vueltas con verdadera urgencia por conocer su contenido.

—¿Crees tú —preguntó Rodas a Raudales— que estas notas de Fedro Mariné puedan tener alguna importancia como para robarnos preciosas horas de nuestras tareas?

—Sí, he leído algunas páginas y creo que debemos enterarnos de su contenido.

—¿Tiene alguna dedicatoria?

—Ninguna, —dijo el periodista— nada dice al principio.

—Es un libro de notas íntimas —explicó Eudoro encendiendo un ciga­rrillo y tirando la cajetilla a la mesa para que sus amigos también fumasen.— Yo no sabía de su existencia. Fue Felicia, la sirvienta, quien me lo hizo ver en la biblioteca de Mariné. No tuve tiempo de leerlo solo.

—Bueno, bueno —urgió Rodas sacando a su vez una pipa negra y cargándola de tabaco rubio.— Que comience a leer Luis; después nos turnamos. El tiempo es oro.

—No, camarada Rodas, —refutó Durán— el tiempo es uranio. Decir que es oro, resulta hoy un anacronismo.

—Bueno, que sea lo que tú quieras, pero lo importante es que des comienzo a la lectura.

—¡Ah! —exclamó Eudoro levantándose y acercándose al teléfono.— Esperen un momento; voy a llamar a Olga por si tiene algo que comunicarnos, que sepa donde estaremos.

Eudoro hizo la llamada. Antes de cortar, Rodas le interrumpió sugiriéndole:

—Dile a Olga que se venga; así podrá enterarse del manuscrito también.

Eudoro la invitó. Luego cortó la comunicación con un “hasta luego”, y sentándose dijo:

—Olga no puede venir; está de turno esta noche. Bien, camarada Durán, puedes comenzar, soy todo oídos.

—Con tal que no se duerman —expresó Durán— estaré conforme. Escuchen pues, lo que escribió nuestro inolvidable Mariné.

Y mientras Rodas y Eudoro prestaban atención junto a él, comenzó la lectura del manuscrito por el que tanto interés demostraban.

Por la biblioteca, la voz de Luis Durán, se oía clara, lenta, como una conversación.