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Jacinta Peralta

Primera Parte

1

—Una lata de camarones, una caja de spaguetis, tres latas de jugo de tomate, cuatro libras de queso, salsa-perri, dos botellas de vermout... treinticuatro lempiras treinta centavos.

—Muchas gracias, señorita, hasta la vista.

—Hasta la vista Jacinta, —dice la cajera entregándole la factura con la cuenta y recibiendo el correspondiente pago—. La siguiente...

La muchacha compradora, con paso rápido, sale del supermercado esquivando tropezar con otras personas que entran llevando en las manos canastos, cestos o redes para cargar provisiones. Ya afuera, Jacinta se detiene un momento en la acera para cambiar de mano su cesto de hojas de palmera lleno de comestibles. En la calle el sol mañanero esplende sobre el pavimento y las casas; éstas hacen sombra hasta la media calle. Jacinta coloca el cesto en el umbral de una puerta cerrada; cuenta el dinero que lleva en un monedero. Hace las cuentas mentalmente. Con lo que compre de verduras frescas en el mercado próximo, todo le saldrá bien y hasta ahorrará algunos centavos de los cuarenta lempiras que le entregaron en casa para las compras. Toma de nuevo el cesto y prosigue por la calle Dolores hacia el mercado público del mismo nombre. En una vitrina se refleja su silueta y se detiene para observarse mejor aunque aparenta estar viendo las mercaderías exhibidas.

“¡Ay, Dios mío, cómo me ha crecido! ¡Si es que ya no se puede ocultar mi gordura!”.

Jacinta Peralta, casi con horror, ve que su vientre sobresale de su cuerpo de manera extraordinaria. De nada sirve ya que se ciña con una faja hasta hacerse un tanto difícil la respiración y que use ropas anchas como ese vestido de zaraza floreada con cuello rojo que anda puesto y que le queda un tanto holgado. El vientre fecundado sigue creciendo y a veces siente en sus entrañas movimientos raros que le dan un sentimiento de alegría, temor y sorpresa al mismo tiempo. Es un sentimiento inusitado, nuevo, misterioso.

“¿Cómo será eso? ¿Qué clase de dolor será del que tanto hablan las madres? ¿Aguantaré?”.

Se fija bien en su cuerpo. Nota cambios sustanciales. Su talle ha desmejorado pero sus senos están más altos, duros ¡y qué cosa! vierten leche manchándole el corpiño. Su cara parece menos redonda, como si se hubiera alargado a causa de un tirón de la barba. Hay en sus mejillas y labios cierta palidez; la nariz más respingona. Sólo siguen igual sus ojos negros que aún con su gran preocupación parecen retozar con todo lo que ven. Se pasa la mano con el monedero por el vientre con disimulo pues la gente está cruzando por su lado. Al dar la vuelta nota en la vitrina que sus caderas aparecen anchas y hasta provocadoras pues muchos hombres le siguen su andar con ojos que son como manos deshonestas. Por ir metida en sus pensamientos acaracolados y tímidos está a punto de tropezar con una persona.

—¡Perdón! ¡Ah! ¡Pero si eres tú, Josefina!

—Si no me aparto me das el encontronazo. Pensé que hoy no habías venido al mercado...

—¡Ay, Josefina, estas compras tengo que hacerlas con sol o con lluvia! En verdad te digo que ya me hace falta salir a esta hora.

Josefina Díaz es otra muchacha sirvienta doméstica un poco mayor que Jacinta; delgada, morena clara con cabellera en bucles formados por la permanente. Lleva pintados los labios y las cejas. Bajo el brazo un cesto grande con provisiones. Ambas usan zapatos baratos de tacos bajos, sin medias. Los ojos de esta muchacha son tristes como si permanentemente sintiera un dolor moral. Cuando habla parece apretar las mandíbulas y que por eso la voz le sale timbrada, metálica, como forzada.

—¿Y qué tal va tu... asunto, Jacinta?

La pregunta la hace en tono bajo, como en secreto. De igual manera Jacinta le contesta y ambas se acercan a la pared para no interrumpir el tránsito de peatones y conversar más a gusto. Son amigas desde hace mucho. Se conocieron en ese mercado comprando víveres para sus respectivas casas de trabajo. Algunos domingos por la tarde, que es el único día cuando a las sirvientas domésticas les dan tres horas libres, han paseado juntas o entrado a un cinematógrafo. Para Jacinta esa muchacha es quizá su única amiga cercana en la capital y por ello está enterada de su secreto.

—Me siento morir, Fina. Tengo miedo a todo y aunque él no quería que saliera esto, yo confío en que se portará bien, como todo hombre decente. Lo que más temo es que se dé cuenta doña Roberta. ¡Jesús! —Y Jacinta involuntariamente se estremeció nerviosa.

—Ya deben saberlo, Jacinta. Si sólo con verte se conoce tu embarazo, o tal vez sea que como yo lo sé. ¿Y cuánto hace ya...?

—Según creo, ya estoy en el último mes.

—¿El último y todavía no resuelve nada ese... tu Jorge? ¡Ayayay, hermanita, si no andas lista te va a llevar el río! Mira que los hombres son el diablo...

—No todos, Fina. Yo estoy confiada porque como no se trata de casamiento... la cosa será más sencilla: sólo de tomar mis pocos trapitos y cachivaches y pasarme a la casa que él me va a alquilar. —Y con mayor secreto cuenta a su amiga lo que ya le había relatado por infinidad de veces—: Al principio él me habló de casamiento, pero conociendo yo el tufo que se mandan don Honorio, doña Roberta y todos los Pacheco, pensé mejor en no hacerme ilusiones panzonas creyendo en una boda con Jorge. Yo me conformo con que me alquile un cuarto donde podamos vivir maritalmente apartados de su familia. Al fin de cuentas, Fina, para ser feliz o desgraciada con un hombre, tanto da casarse en el consejo y la iglesia como detrás de la puerta.

—Es cuestión de suerte.

—Eso digo yo también: es cuestión de suerte. ¡Pero, Fina, mira que se hace tarde y no he comprado las verduras del almuerzo! ¡Y doña Roberta anda estos días como tentada por el diablo!

—No te detengo más, Jacinta. A mí también se me hace tarde. Mañana nos veremos.

—Que te vaya bien, Fina, hasta mañana.

Se separan cada cual con su canasto caminando con rapidez hacia direcciones opuestas. Jacinta llegó al mercado Los Dolores metiéndose en una abigarrada muchedumbre. Allí, a esas horas, siempre deambula nutrida clientela, hombres y mujeres, bandadas de muchachos descalzos. Se escuchan las voces monótonas de los vendedores, los diálogos precisos, el ajetreo verbal en el estira y encoge de la oferta y la demanda capitalista que sin regulación de precios está al arbitrio del comerciante y al regateo del comprador. Risas, palabras afectuosas, saludos, algunas blasfemias e imprecaciones y hasta uno que otro conato de riña ente locatarios y unos carreteros por el trasporte de unas mercancías. Pintoresco el lugar con gentes de diversas condiciones en un ambiente sofocante de olores peculiares de carne, grasas, quesos, frutas, suciedades, flores, tortillas, alimentos baratos en los puestos de las cocineras empobrecidas de higiene y enriquecidas de mugre.

A Jacinta Peralta la conocen muchas de las vendedoras permanentes del mercado pues día a día, con el cesto en el brazo, llega a comprar víveres para la familia Pacheco, una de las más encumbradas de la capital según decían los que la conocían y algunos periódicos, que en sus notas de sociedad suelen elogiarla. A veces, cuando la doméstica tiene tiempo conversa con alguna vendedora sobre los sucesos del día; por eso estaba enterada aún sin leer prensa sobre muchos asuntos de los barrios. Pero esta vez no se detiene más que lo necesario para comprar el repollo, las papas, las berenjenas, el ayote, las frutas, la carne. No todos los días se compra lo mismo, excepto las berenjenas que tanto gustan a don Honorio y son su plato favorito. La dieta en el menú familiar es siempre variada, sustansiosa y regularmente en gran cantidad por lo que siempre hay sobrante. Esas sobras se guardan porque doña Roberta acostumbra hacer la caridad y ordena a Jacinta que las entregue a los mendigos que tantos pasan por las calles. Dice que la caridad es obligación cristiana y aún cuando ella no va mucho a la iglesia guarda en su intimidad la religiosidad de sus mayores.

—Oyeme Jacinta Peralta, tengo para ti un collarcito lindo y con un corazón de oro. Te lo doy barato. Cuatro lempiras y a plazos. Míralo.

Realmente el collar de fantasía de perlas azules y un corazón dorado es bonito y a Jacinta le brillan los ojos de anhelos femeninos cuando Petrona, vieja vendedora de frutas, le hace la propuesta.

—No está usado —prosigue la mujer—. Me lo empeñaron y se quedó “ahogado”. Mira, si te gusta te lo puedo rebajar hasta dos lempiras y cincuenta centavos. Yo no gano nada, al fin y al cabo yo no voy a usar collar a mi edad. Estas cosas son para jóvenes, para las pichonas como tú.

Jacinta vacila. Pasa sus dedos por las cuentas azules y el corazón y luego se lo coloca en el pecho como si pendiera del cuello. Hace las cuentas de las compras del día. Ha ahorrado tres lempiras y si los tomara para comprar ese collarcito nadie le reprocharía pues en casa de los Pacheco le dan siempre el dinero justo, si le sobra es por su afán regateador en las compras. Nunca ha tomado un centavo a sus patrones y si hoy tomara esos dos cincuenta pasaría inadvertido. El collar es lindo y ella jamás ha tenido uno. ¡Qué hermoso y barato!

—Muchas gracias, niña Petrona; el collar es precioso, pero por ahora no puedo comprarlo.

—Tú puedes, muchacha, una ganga como esta no es fácil encontrarla. —La vendedora toma el collar y lo coloca en un cajita vistosa. Queda viendo a Jacinta con pupilas escrutadoras y con cierto aire zumbón le dice: —¡Ay Jacinta Peralta te estoy viendo muy gordita, ve no sea que estés comiendo calladita... tenés unas ancas de pura yegua recogida!

—¡Ay, niña Petrona, que cosas dice usted! ¡Hasta me voy corriendo por la vergüenza! Hasta mañana.

—Hasta mañana, muchacha, y no te enojes que es una broma. Además, si ya estás mayorcita para poderte encalabritar con un hombre.

Jacinta ha cambiado de colores en su faz trigueña. El corazón le palpita atronadoramente como si la hubieran descubierto realizando algo deshonesto. Las palabras de la vendedora, que son una verdad concluyente, la reconcentran de nuevo en su preocupación. ¿Cómo se habrá dado cuenta Petrona de su estado de gravidez? Lo que piensa y teme Jacinta es realidad objetiva: que ya no puede ocultarse su embarazo. Vuelve a verse en otras vitrinas, pero de pasada, al avanzar por la avenida Jerez, que es la ruta de la residencia Pacheco.

Jacinta tiene mucho miedo a que la familia donde hace más de cuatro años trabaja de sirvienta, descubra lo abultado de su vientre e investigue su origen. Mas no es tanto el temor al simple hecho de ser descubierta sino al de tener que decir la verdad de su preñez, de confesar quien es el padre. Esto le traería serias complicaciones y lo más seguro que la despidieran del trabajo. En algunos momentos se siente optimista pensando en que el hombre que ama y es causa de su embarazo, le solucionará el problema alquilándole una habitación en algún lugar de la ciudad y en donde vivirán juntos maritalmente, pues así se lo ha ofrecido. Otras veces le aruña el pesimismo y la desconfianza, especialmente cuando recuerda que Jorge, al principio, le aconsejó el aborto como solución. Cierto que después él ha dicho que la atenderá cuando la hora llegue, aunque lo ha dicho en estado de ebriedad cuando raras veces ha ido a acostarse con ella. Pero... ¿y si fuese engaño? ¿si sus ilusiones no tuvieran base sólida? Jacinta hace esfuerzos por evitar esos pensamientos torturadores y trata de ahuyentarlos con el recuerdo de su Jorge y de sus palabras cariñosas del comienzo cuando juntos pasaban las noches en su cuarto que da al patio interior en la planta baja de la vivienda Pacheco.

Desde el principio de su llegada a esa casa, entre todos los de la familia, había sido Jorge, el estudiante de abogacía, quien más le simpatizara por no tener presunción ni verla discriminadamente como campesina que ella era. El rigor de doña Roberta, la presencia cargada de seriedad de don Honorio, la altivez de doña Amapola eran suficiente para andar con pies de plomo y no permitir ni permitirse el más mínimo desliz. Las costumbres de la familia eran tradicionales y cada quien ocupaba su respectivo puesto: el patrón, patrón; el sirviente, sirviente; y ay del que intentara romper esas normas éticas. Sin embargo, allí fue donde Jacinta comprendió que no todo lo que relumbra es oro y de que aquellas personas que ante el mundo aparecen más acrisoladas son, por lo general, las que al tocarlas de cerca demuestran grandes manchones en su conducta personal. Ella tenía buena experiencia. ¡El escándalo que pudo haberse hecho en esa casa de no haber ella sabido callar! No tanto por lo del doctor Justino, que al fin y al cabo era soltero, como por lo de don Honorio, el jefe de familia. Pero todo eso había sido olvidado y perdonado debido a su amor para el hijo menor de la familia.

“Siendo yo una pobre muchacha del campo —se decía Jacinta—, Jorge no tuvo orgullo de gente engrandecida para quererme. Sólo un hombre bueno, de corazón limpio, puede hacer mérito de una mujer casi ignorante como yo. ¡Se lo agradeceré toda mi vida! Y le serviré con tanta fidelidad como una esclava, como una perrita a su lado. Yo no aspiro mucho; me conformará siempre con poco, con lo que de suyo sea su voluntad y cariño”.

Así piensa Jacinta Peralta caminando por las calles de Tegucigalpa indiferente al ir y venir de vehículos y gentes, impasible ante el panorama tan conocido que a sus ojos se presenta hacia el noreste y hacia donde dirige sus pasos. Allí está el cerro La Leona con su hermoso parque y las casas en su falda que parecen unas colocadas sobre otras y con un colorido sugestivo. Y al fondo, más distante, el cerro El Picacho, enorme y agreste, como un centinela eterno de la ciudad, imponente con su belleza de paredón rocoso y de verdeante pinar. La muchacha asciende por una calle quebrada que parece una zeta mayúscula pintada con tinta gris en La Leona, lugar donde está ubicada la casa de la familia Pacheco.

El edificio tiene presencia aristocrática. De los balcones en la planta alta se puede contemplar todo el extenso paisaje de las dos ciudades gemelas, Tegucigalpa y Comayagüela, que forman la capital hondureña. Y no sólo de los balcones sino de la planta baja y del pequeño jardín que da a la calle de la que le separa una verja de hierro y una línea de laureles. Un viejo sirviente, también de origen campesino cuida este jardín. Está aporcando unas matas de magnolia cuando ella entra. Él le dice con enronquecida pero familiar palabra:

—Jacinta, ni porque subes La Leona día tras día, tú no botas carnes, antes bien, parece que engordas más.

—Es la buena conciencia, tío.

Y Jacinta sonríe mientras intenta con una aspiración profunda hacer menos visible la gordura de su vientre. ¿Dirá el jardinero esas palabras con segunda intención? ¿Se habrá enterado de su oculto embarazo? Pero el viejo jardinero le habla con tono paternal y sin malicia.