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La Nochebuena del campeño Juan Blas

La nochebuena del campeño Juan Blas

Las luces de la ciudad ya estaban encendidas y la noche del 24 de diciembre se entreabría, gélida, lluviosa y llena de pesadumbre, cuando Juan Blas llegó a los arrabales de la población, después de caminar cuatro horas por los fangosos caminos que conducen a Palo Verde, campo bananero de la Standard.

Juan Blas cubría su helado y moreno cuerpo de campeño con el único vestido que en un lejano tiempo había sido amarillo kaki y que ahora era un harapo cubierto de manchas grises y azules del banano y del veneno con que se combate la sigatoka. Antiguo trabajador de las compañías, jamás había podido obtener un “pegue” regular, antes bien, cada día su situación económica sufría horrible depresión, arrastrándolo como a infinidad de compañeros, por los inclementes cienos de la miseria. Venía con el corazón lleno de reproches porque en aquel viaje, sus bolsillos estaban huérfanos de las monedas que debía traer a su mujer y a su hijita, pues desgraciadamente no había alcanzado ni un solo centavo en “la orden”.

Vergüenza y al mismo tiempo indignación sentía Juan Blas por presentársele a su enferma Matilde en aquella condición después de tantos días de trabajo, y un coraje, interno, doloroso, se le desataba como una tempestad, al recordar que en esa noche era la fiesta de Navidad, cuando en todos los hogares hay alegría y sobre todo, un plato de sabrosos pucheros y que en la suya quizá no habría ni siquiera un duro pedazo de pan. Así, pensando en todo eso y sucios de lodo rojizo los pies, calado de agua hasta los huesos, atravesó varias callejuelas oscuras en los arrabales de la ciudad, calles solitarias a cuyos lados se levantaban barracas de tierra, sucias por dentro y por fuera, en las que habitaban los más pobres de la población. En una de esas entró Juan Blas. Adentro la coloradienta luz de un candil alumbraba la pequeña estancia. En una esquina una mujer delgada y pálida con una venda en la frente y cubierta con una sábana de manta; a la cabecera sentada en un taburete cojo, una niña trigueña y descalza, lloraba tiernamente.

—Qué tal —saludó Juan Blas entrando—. Ah, ¿cómo que te encuentras mal...?

De un salto la niñita estuvo en sus brazos mojados y fríos.

—Creía que no vendrías nunca, papá, mira a mamá acostada enferma y yo sólita.

—No llores más, Felita, aquí está ahora tu papá —y con ella en los brazos se aproximó al lecho de su mujer.

—Gracias a Dios que veniste, Juan Blas. Pensaba en que podías atrasarte y eso me preocupaba, pues yo sola me hubiera muerto.

—¿Será que ha llegado el momento...?

—Sí, la “cosa” se acerca, me siento mal. Pero qué mojado vienes... Pobre marido mío. Voy a levantarme para darte aunque sea un trago de agua caliente.

—No, Matilde, no te levantes, iré yo mismo a la cocina.

Entró a la llamada cocina y encontró sobre unas brasas casi extintas una lata con “té de hojas de naranjo”. Lo probó y estaba sin dulce, buscó en todos los rincones y no encontró nada. Convencido de su miseria se tomó el té así, que amargaba, pero que le calentaba el cuerpo. Regresó seguido de su hijita y se sentó en el taburete, tiró el sombrero en una banca y se quitó los zapatos mojados y destrozados. Felita los tomó y los llevó a la cocina para que se le secaran con el calor del fogón.

—¿Cómo te fue en la orden...? Murmuró Matilde.

—Mal, mal... —contestó Juan Blas, esquivando la mirada— ni siquiera una peseta pude alcanzar. Ese contratista...

—No hables, ya sé lo que son, lo que hacen con nosotros los de abajo. Y al casero le debemos dos meses de alquiler. Hoy en la tarde vino por última vez y me amenazó con echarnos a la calle si no le cancelamos el pago de este mes.

—Eso es lo de menos. Lo terrible es el caso tuyo. Ya ves, no tenemos con qué pagar el médico ni la comadrona. ¿Qué hacemos...?

—Aguantemos y sea lo que Dios quiera.

Guardaron silencio por algunos minutos. Felita estaba recostada en la banca, no dormía a pesar de ser tarde, miraba ora a su padre, ora a su madre.

—Hoy es día de Pascua —dijo Matilde, por decir algo—, debe haber muchos Nacimientos en la ciudad. Quisiera verlos. Ay...

—¿Te sientes muy mal...?

—Muchísimo, ya me principian los dolores del parto... Ay... Ay...

Juan Blas con las manos empuñadas se levantó, fue a la cocina, se puso los zapatos todavía mojados y el sombrero. Iba a salir.

—¿Para dónde vas, Juan? —Interrogó Matilde.

—Voy a hablarle a los vecinos. Ellos son pobres también y deben ayudarnos.

—Es inútil, no encontrarás, casi todos están enfermos de paludismo y de fiebre. Anoche murió la hija de Andrea, ella está con sarampión. La policía tuvo que enterrársela.

Juan Blas el campeño se paseó por la estancia, agitado, indeciso. Su mujer estaba allí en el catre, próxima a dar a luz un nuevo ser del cual él era su padre y para eso se necesitaba dinero, dinero, sí, eso era lo que no tenía. ¿A quién dirigirse en busca de amparo...? Su situación era crítica. Matilde lo miraba con sus ojos tristes y cuando el dolor genésico le hería las entrañas, hacía un gesto por no prorrumpir en sollozos y alaridos; ella sabía que cada ay de su pecho era una puñalada para su infortunado marido. Y soportaba lo que más podía, dándose vueltas en el catre de lona que crujía como queriéndose romper por el peso del dolor. En sus ojos febriles aparecían gruesas lágrimas, pero su boca enmudecía. Juan Blas se paseó por espacio de una hora. Todo el frío que le produjo en el cuerpo la lluvia, había desaparecido y a pesar de su ropa completamente mojada, él estaba caliente; su piel despedía fuego, de su nariz, de su boca, de sus ojos, de su cerebro despedía un vaho ardiente. La sangre corría rápida y sus sienes parecía que iban a estallar. Era la fiebre. Matilde no pudiendo silenciar sus quejidos dolorosos, dio un grito involuntario. Juan detuvo su paso. Sus ojos inyectados de sangre parecían de poseído.

—Soporta un poco, iré a buscar algo... Un médico... La comadrona... Algo, yo no debo dejarte en esa desesperación.

—¿Y me dejas sola...?

—Es preciso, pero volveré pronto...

Y el humilde trabajador abrió la puerta y salió a la calle. La lluvia pertinaz seguía cayendo y el viento norte soplando. Sin temor al agua ni al frío, partió por la calle adentro. Luego dejó atrás el barrio pobre y penetró en la ciudad burguesa. Las bujías eléctricas daban su luz opalina. Subió a una acera y siguió adelante. Los carros lujosos pasaban por su lado pitando con sus sirenas. En el cruce de una calle una limosina color bermejo estuvo a punto de arrollarlo. Hombres pasaban envueltos en sus capotes de invierno, mujeres ensombrilladas, taconeando fuertemente en las aceras húmedas. Los chicos cruzaban corriendo, tocando dulzainas y pitos o disparando con sus pistolas–juguetes. Era la Nochebuena para los que tenían cómo divertirse.

En las puertas de los teatros la gente se arremolinaba, unos saliendo, otros entrando. De las viviendas llenas de luces de colores salían los compases de músicas bailables, difundidas por los radios, los pianos y victrolas. Todo en movimiento, color de vida; risas y charlas. Los almacenes comerciales anunciaban sus artículos con letreros luminosos y con timbres eléctricos. La lluvia era incapaz de detener aquellas gentes sedientas de alegría y diversión. En los salones y cantinas se escanciaban las copas de licores carísimos. ¡Noche de Navidad...! Juan Blas con su traje campeño cruzó por todos esos lugares sin detener el paso, sin poner atención a los demás. Una idea fija fulguraba en su cerebro: salvar a su mujer y salvar a su hijo.

Se detuvo en una casa de buena apariencia, entró por un jardincito y tocó la puerta; estaba cerrada; llamó, primero suave y después fuerte, fuerte... Nada. Un choco que pasaba por la calle le gritó: la señora ha salido, yo la miré, iba bien catrina junto con la sobrina. No la espere, señor.

Juan Blas abandonó la casa y retrocedió por la calle abajo. Allá adelante miró en un letrero: “Dr. X”, se detuvo, no tenía ni un centavo, pero recordó a su mujer gritando por los dolores del parto. Llamó a la puerta. Un negro salió, hizo un gesto de repulsión al ver al hombre en aquella facha y quiso cerrar la puerta. Juan se interpuso. “¿Está el doctor?” “No, se fue para el Casino”. Y la puerta nuevamente se cerró. Estaba casi loco. Frente a él la farmacia de turno estaba abierta, de dos zancadas llegó allá y penetró en ella. Pidió al farmacéutico unos aceites, se los envolvieron y tomándolos en sus manos, Juan partió, pues no tenía dinero. Cuando la policía quiso seguirlo, él estaba lejos corriendo por entre los transeúntes que sorprendidos se apartaban y murmuraban: “Un ladrón o un loco”, y seguían su camino. En poco tiempo dejó atrás el bullicio de la ciudad latifundista y se encontró en el barrio pobre. Por la oscuridad de las calles cruzó como una exhalación. Llegó a su casa y empujó la puerta. En la sala, en ese momento, Matilde que se había bajado del catre daba un grito horroroso y caía al pavimento con un ruido sordo. Felita lloraba desesperadamente junto a su madre. Juan Blas puso los aceites en el suelo y levantó a su mujer colocándola en el catre.

—Matilde... Matilde... aquí te traigo... estos aceites... aceites...

Pero Matilde estaba callada para siempre con los ojos abiertos y fijos. Le puso la mano en el pecho y el corazón no latía. El vientre aún se estremecía, era el hijo que no pudo nacer.

Juan Blas dio un grito terrible, de angustia, de tigre herido, sus manos se empuñaron como amenazando al mundo y a la muerte y con los ojos saliéndosele de las órbitas, fue retrocediendo hasta pegar la espalda en la pared del frente. Inesperadamente, de su boca brotó una carcajada lúgubre que repercutió por la casa y salió el eco por la calle abajo... El pobre campeño estaba loco.

En ese mismo momento, allá en la ciudad, resonaron repiques de campanas, las sirenas de las fábricas, de las máquinas y de los automóviles. Hendían los aires los disparos de los cohetes, todo eso anunciaba la hora del advenimiento del Mesías Divino...

En la estancia, alumbrada por el candil, Felita, la niña de cuatro años, lloraba asustada. (Pobre ángel, víctima inocente de las injusticias del mundo), al ver a su madre inmóvil, callada, con los ojos muy abiertos y a su padre que arrimado a la pared y con mirada de idiota, se reía... se reía...

 

Diciembre, 1939