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La ultima orden

El Triunfo de la Selva

Primera Parte

1

Marzo, tórrido en las costas, fresco en la capital de Guatemala. Días de Cuaresma, luminosos, policromados. La noble ciudad vigilada por los volcanes altivos se adormece en el silencio triste de la restauración feudal. Por sus calles y plazas las multitudes sencillas siguen en procesiones la tonsura dirigente de los sacerdotes, repitiendo las viejas letanías, los padrenuestros, los credos con la ilusión puesta en un mundo extraterreno donde no exista la miseria, la humillación y el hambre que padecen en este mundo de pecado. Rezan y cantan los ladinos, los indígenas, los blancos de los grupos dominantes que hablan en español y visten telas inglesas.

Se ha vuelto a legalizar la inclinación de las cabezas humildes ante los dueños de la ciudad y de la tierra. Los diezmos y las primicias con el trabajo obligatorio hacen que resplandezcan la mitra obispal y la corona del Marqués de Aycinena, que bajo la República perviva la nobleza colonial como en los mejores tiempos del dominio de España, que a los clarines de los ejércitos federales sustituyan los cuernos montañeses de las pandillas semidesnudas del feroz caudillo Rafael Carrera, pilar en que se apoya el régimen conservador clerical.

Extraña simbiosis de la más rancia aristocracia, soberbia y altanera —estrecha en un círculo social sin aberturas ante ninguno que no presente carta credencial de su “limpieza de sangre”—, con la más repugnante chusma salida de la montaña, analfabeta y brutal, organizada en hordas bajo el puño bandolero de Rafael Carrera ahora elevado a General. Alianza entre el escudo aristocrático, la mitra púrpura y el taparrabo selvático, para frenar y destruir el progreso social emprendido por la República Federal en un lapso de diez años.

Como en la colonia, estos días de la Cuaresma son de plañidera oración para las multitudes que al terminar los ritos en iglesias y calles corren a sus hogares y se encierran poniendo trancas y cerrojos para hablar en voz baja porque temen que una palabra mal escuchada por los espías o serviles pueda llevarles a un tribunal inquisitorial o judicial con los consiguientes castigos del régimen retrógrado. No son pocos los que suspiran por los días perdidos de la Federación cuando los hombres vivían libres y tenían derechos, pero nadie se atreve a mencionar siquiera ese nombre y menos el de Francisco Morazán a quien en los altares y púlpitos lo llaman el Monstruo y el Anticristo.

Por las noches las calles se ven solitarias y sombrías. La ciudad parece muerta y, no obstante, allá en los palacetes aristocráticos, en las casas curales, en los conventos de monjes y monjas, la vida palpita con el disfrute del poder autocrático, las riquezas y los privilegios de casta. Es la restauración colonial.

El viejo guardián del convento de Santo Domingo, el de los ojos saltones y barba hirsuta, don Tonito, sigue en su puesto, pero ahora los que llegan no dan toques misteriosos de conspiradores en la antigua puerta ni esperan las sombras de la noche para entrar. El altar del oratorio sigue igual y ante el Crucificado se consumen las velas unas tras otras. Las bóvedas conventuales durante el día recogen los ecos de los salmos y cánticos de las monjas y por las noches los cuchicheos, las risas contenidas y, más tarde, las risas abiertas de quienes como todos los humanos se divierten en jolgorios lejos de todo misticismo, arrastrados por el mandato del placer.

En pocas ocasiones falta aquí la enfermiza presencia del padre Nicolás Arellano, confesor de la hermana Pía, monja que bajo el hábito desborda la plenitud de una juventud sin maceración ni ayunos aunque están en Cuaresma. Aquí se reúnen los frailes y los dirigentes conservadores como antes. Aquí hay nuevas monjas y novicias, jóvenes que antes de rezar aprendieron la oración del beso y la expiación momentánea del aborto.

La puerta de la celda de la hermana Pía se estremece y por un momento se abre. Manos precipitadas la cierran y se oyen voces agitadas. De nuevo se abre y el padre Arellano con la sotana en la mano sale corriendo mientras detrás, en camisón, lo persigue la monja con los ojos iluminados por el deseo que quema sus carnes encendidas pero no saciadas. Su pelo suelto parece una custodia de oro.

—¡Espera, Colacho, ven, te digo! ¡No me dejes todavía...!

Es voz de orden y de súplica, de amor y de rencor, mas el fraile, corriendo por el corredor abovedado da la vuelta y escapa de atropellar a un caballero que, sorprendido, lo toma del brazo diciéndole:

—¿Ha visto al diablo, padre Arellano? ¿Por qué huye así?

El fraile agitado y acezante lo mira malicioso y mientras se pone la sotana con presteza, le contesta en voz baja:

—¡Ya no aguanto a esa Pía, amigo Batres! —y al oído le musita—: ¡Como si padeciera de furor... la condenada, Dios me perdone!

—¡Ya le he dicho yo, padre: no se meta con la juventud llameante, le van a quemar hasta las alas del alma! —le recuerda Batres.

Riendo a carcajadas se asoma para ver el corredor y reconoce a la hermana Pía que arrimada a la lisa pared parece poseída de espasmos y demencia. Siente deseos de ir a darle consuelo, pero como anda precisamente buscando al sacerdote corrido, se vuelve. Un grupo de monjas con las manos en posición de beatitud y los ojos al suelo, pasa frente a Batres. Parecen fantasmas al caminar como sombras sobre el pavimento de ladrillos en el corredor sombrío.

Arellano entra en un cuarto y poco después sale con bonete y un breviario. Se ha puesto un rosario con cruz de oro. Presenta ahora un aspecto de mansedumbre, de beatitud, de castidad.

—Lo andaba buscando, padre. ¿Va usted para su casa?

—Sí, hace rato que debía estar allá pues me espera el doctor Aycinena para arreglar unas bulas. Mas, esta condenada me agarró como tigra y si no corro me hace papilla. ¡Dios me perdone, pero esa Pía va a terminar mal! ¡Tiene ratos que parece una loca endemoniada!

—No le haga caso, padre, ya encontrará un mozo fuerte que la deje satisfecha.

—¿Y para qué me buscabas, Luis?

—Un asuntito. Se trata de Carrera y como ese bruto sólo los atiende a ustedes, a nosotros nos ve como sapos, pensé que usted me podría ayudar. Hablé con el Presidente Rivera Paz y me aconsejó que mejor buscara el apoyo suyo, pues él no tiene ninguna autoridad sobre el General.

—Vamos andando, Luis, se me hace tarde.

Batres y Arellano salen del convento. Es el mediodía. Afuera espera un coche tirado por dos caballos ingleses. Un cochero con librea abre la portezuela del vehículo. Los hombres suben.

—Usted sabe, padre, que junto a mi hacienda El Jazmín hay una serie de pequeñas propiedades que fueron iniciadas en la época del Monstruo. Los propietarios son ladinos y mestizos, pero resulta que esas tierras producen buen pasto para el ganado y como en mi hacienda éste ha aumentado casi al triple de cabezas necesito esos terrenos.

—Bien Luis, tómalos, ¿quién te lo va a impedir?

—Los mestizos que dicen ser propietarios y tienen unos falsos documentos de la época infernal. Pero sucede que ellos se amparan en el nombre del General Carrera para negarse a salir. Si usted logra que Carrera se dé una cruzada por allá para sacarlos, con un grito tendrán y calladitos dejarán las tierras por temor a ser colgados. Yo quiero que usted sugiera esto a Carrera; sé que a él le importa poco que se trate de mestizos o indios para poner su mano. Para esto le buscaba.

—No te hagas ilusiones con mi ayuda, Luis. Cierto que Rafael me respeta; ante mí es manso como paloma de Castilla. ¡Nada más! Quienes lo jinetean a su antojo son los frailes Aqueche, Lobo y Jirón. Pero haré un intento por ayudarte. ¡Tenemos que recobrar todos nuestros derechos!

El coche avanza a buen paso por las soleadas calles; de cuando en cuando el cochero levanta la larga fusta y con reprimida imprecación hace apartarse a los transeúntes descalzos que se vuelven un arco para evitar el latigazo y el atropello.

—Cómo son las cosas de este mundo —dice el fraile, reflexio­nando—, ¿podría alguno de nosotros, hace cuatro años, pensar en que la salvación de la sociedad y de la Iglesia pudiera estar en las manos de un indio mostrenco y bruto como Carrera?

—Y hace un año, ¿podríamos pensar que aquel bandolero feroz al que deseábamos ver muerto, pudiera figurar como el primer General del país?

—¡Son los misterios de la Providencia, amigo Luis! Pero, ya llegamos a casa y seguramente me espera el hermano Aycinena. ¡Este año la venta de bulas está muy sonada, como nunca!

Bajaron. Batres ofreció la mano al sacerdote y éste agradeció. La residencia estaba cerca de la catedral y desde allí se miraba parte de la Plaza de Armas. En efecto, el padre Juan José de Aycinena aún esperaba a su colega, aunque con notoria impaciencia. La vejez y las canas no le restaban energía y sapiencia. Para hacer la espera menos aburrida se entretenía tomando copitas de vino aguado, que la madre de Arellano, también anciana, le servía complaciente. Ella les invitó a compartir el almuerzo familiar.

—Almorzaremos y de sobremesa conversaremos nuestros asunti­tos.

—Nadie ha dicho nunca que mientras se come se deba estar callado. Así que, comiendo y conversando, y a Dios las gracias dando.

El padre Arellano bendijo el pan. Luego todos tomaron asiento en torno de una mesa larga cubierta con un níveo mantel.

Están los cuatro para terminar una sopa con bastante chile que les hace sudar, cuando se oyen gritos en la calle. Eso es raro bajo el régimen teocrático, salvo que sean las huestes del General Carrera. Pensando, precisamente, en que puede tratarse de algún desmán de los salvadores de la patria, Arellano se levanta para cerciorarse. Asoma la cabeza por una ventana, mas no ve la estampa agresiva de los indios. Suspira satisfecho. Un hombre bajito que pasa corriendo se detiene al llamado del sacerdote que le pregunta por el origen del escándalo tan a mediodía.

—¡Ay, señor cura, según dicen, Chico “Ganzúa, el Monstruo” se encuentra en Corral de Piedras y viene a marchas forzadas para la capital con una millonada de hombres como demonios sueltos!

—¿Quién? —exclama asombrado el sacerdote no queriendo dar crédito a sus oídos.

—¡El General Morazán, el hereje!

De dos saltos el padre Arellano entra al comedor con los brazos en alto, el rostro desfigurado por el terror y las manos temblorosas.

—¡Morazán viene a la capital con un ejército enorme! ¡Santo Dios y su Bendita Madre! ¡Estamos perdidos, hermanos!

—¡No! —niegan Batres y Aycinena mientras la anciana queda como figura de cera muerta de miedo

—¡Eso no puede ser! ¡Eso es un bulo! Los tres, a grandes pasos por la calle alterada en su sosiego, se dirigen a la Casa de Gobierno donde, como en las calles, hay un movimiento inusitado. En la puerta principal hay muchos hombres de pro, en cuenta el Coronel Francisco Pavón y el Jefe de Estado Mariano Rivera Paz. Están nerviosos, demudados, y Batres comprende, con sólo verles, que la terrible noticia es verdad.

—¡Viene Morazán en son de guerra! —les grita Pavón con su bronca voz de militar.

—¡Nos ha sorprendido! ¡Se han enterado de su presencia sólo cuando había entrado hasta Corral de Piedras! ¡A esta hora ya debe de venir rumbo a la capital!

—¡Recórcholis! ¿Y dónde está el General Carrera?

—¡Creo que anda en Antigua o en Mita, pero ya le mandamos a llamar! —dice un militar de abultado abdomen, con largos y entorchados bigotes que agita las manos a cada palabra.

—¡Tenemos que prepararnos para la defensa inmediata! ¡Si Morazán vuelve a tomar esta ciudad no quedará títere con cabeza!

—¡Dios y su Bendita Madre nos amparen!

Quien ha informado es el General Vicente Cruz, militar aristocrático que ahora se codeaba de tú a tú con el indio de Mita. El presbítero Aycinena sube al segundo piso del Palacio. Arriba el miedo es igual y los políticos conservadores parecen atacados de locura. Seguido de Arellano el cura Aycinena se mete entre sus amigos. Allí está su hermano el Marqués, ya hombre maduro. Tampoco ha podido evadirse del pánico general y al ver a Juan José va a su encuentro, lo toma del brazo y apartándole, dice:

—¡Juan José, este es el acabose para nosotros! ¡Morazán jamás nos perdonará! ¿Qué piensas hacer?

—¿Y qué? —contesta el sacerdote con ojos vidriosos como si fuera a llorar.

—¡Yo no le espero aquí! ¡Mucho es lo que he escrito contra él y si me agarra vivo me fusila! ¡Hombres como Morazán, desalmados y sin amor para el prójimo, no pueden pararse ante una sotana! —se santigua precipitado—: ¡Si al Obispo Cassaus lo expatrió, a mí, como al padre Durán, me fusila sumariamente!

—Bueno, pero, ¿qué piensas hacer?

—¡Irme, Mariano, y es lo que te aconsejo hagas también! ¡Escapar de las garras de ese demonio! —y vuelve a santiguarse.

—¡Hoy mismo saldré para la frontera mexicana!

—¿Y dejamos nuestras propiedades?

—¡Si ese judío nos agarra, Mariano, nos manda a colgar! ¡La vida vale más que las propiedades!

—¡Hay que pensar bien lo que se debe hacer!

—¡Yo, ya lo pensé y me voy ahora mismo! ¡Comprende: a mí no me perdonará los engaños! ¡Además, lo que le he dicho en la prensa...!

—No te precipites. ¿Y si Carrera le hace morder la derrota?

—¡No fantasees, Carrera no es capaz!

Juan José, arremangándose un poco la sotana sale a pasos largos. En la plaza le alcanza el padre Arellano y le pregunta a dónde va. El cura aristocrático le informa lo que ha decidido y su colega le da su aprobación, diciéndole que él también se marchará, que pueden irse juntos.

Los dos sacerdotes se dirigen precipitadamente a sus respecti­vas viviendas y transportando sus riquezas en árganas de cuero sobre mulas, se reúnen poco más tarde. Llevan varios mozos. Al trote toman hacia la Garita del Incienso buscando la salida de México. Antes de salir del perímetro de la ciudad se detienen al escuchar un clarín y tambores. Es un bando. Esperan para escuchar lo que un alguacil lee con voz emocionada:

 

“A todos los ciudadanos se hace saber, que habiendo sido invadido alevosamente el Estado, por fuerzas del General Morazán, DECRETO:

1º Todo hombre desde la edad de catorce años a cincuenta se presentará en el término de seis horas a tomar las armas en la Casa Municipal;

2º Se exceptúan de esta obligación los que ejerzan empleo o cargo público, los eclesiásticos, los impedidos físicamente, los médicos, los cirujanos y boticarios;

3º El Gobierno designará la persona o personas que deben recibir el alistamiento;

4º Todo el que para el término señalado en este Decreto no se presentare, será considerado como sospechoso y aprehendido como tal;

5º Se declara la ciudad en estado de sitio y en consecuen­cia, se cierran los Tribunales y quedan suspensas las garantías decretadas por la Asamblea Constituyente en 5 de diciembre del año anterior; y

6º El Comandante General queda encargado de la ejecución de este Decreto.

Dado en la Casa de Gobierno a 16 días del mes de marzo de 1840.

MARIANO RIVERA PAZ, Jefe del Estado”.

 

Suenan los clarines y tambores; se oyen las voces de mando del jefe del pelotón y el bando prosigue por la calle para ser leído en otro lugar público. Las gentes comentan en grupos y el nombre de Morazán se repite en todos los tonos. También se escuchan voces de protesta.

—¿Por qué voy a mandar a mi hijo de quince años? ¡Que vayan los hijos de los chancles a tomar el fusil! ¡Yo nada tengo que perder!

—¡Que manden a los indios de Carrera! ¿Para qué los tienen aquí?

Aycinena y Arellano se santiguan y espoleando sus cabalgadu­ras, prosiguen su ruta para escapar cuanto antes de la ciudad y salvar sus vidas.

No eran solamente los padres Arellano y Aycinena los que huían ante la perspectiva de la llegada de Morazán a quien temían debido a sus propios pecados contra la Federación y contra los patriotas. También el Marqués, Luis Batres, Manuel Montúfar, Mateo Beltranena y otros tantos, piensan en cómo escapar en esta hora aciaga. Las oficinas públicas van quedando vacías igual que las mansiones palaciegas de la aristocracia.

Las órdenes dadas en el Decreto de Rivera Paz no se atienden sino por reducidos grupos de allegados al partido conservador; la ciudadanía no desea combatir, pero los soldados los reclutan en las calles y viviendas y los arman o llevan a levantar barricadas. Muchos reconocidos patriotas, también se ocultan porque el Gobierno en su represión captura hasta a los republicanos más tibios. Los frailes agitan en las calles llamando a la lucha en defensa de la Religión y contra el ateísmo.

La ciudad entera padece de histeria provocada por el pánico.